martes, 13 de diciembre de 2011

Lo último (y lo permanente) de Gabriel Salazar



Manuel Loyola T., Dr. en Historia www.edicionuniversitaria.com
Los acontecimientos ligados a la intensa movilización social protagonizada, en primer lugar, por el conjunto de los estamentos educacionales del país, a la par con asestar un duro golpe a la racionalidad primordial de las estructuras de poder imperantes desde hace casi cuatro décadas –racionalidad, como se sabe, signada por la más amplia mercantilización de las relaciones sociales, con todo su corolario de individualismos- ha impactado sobre los estilos y conductas habituales del hacer político institucional, suscitando el ahondamiento de su crisis de legitimidad social. Desde luego, la inopia derechista, mas también la debacle concertacionista. Por el lado las izquierdas, de igual modo, se ha hecho patente el marasmo de incertidumbres y no pocas ficciones que han afectado notoriamente la confianza en su matriz iluminista de “orientación y dirección de la lucha de las masas”. En fin, sea cual sea el desenlace de la protesta del mundo educacional, lo concreto es que ya nada podrá ser igual. En este ambiente ha surgido una variedad de diagnósticos y eventuales cursos de acción tentativos, pues la vorágine cuestionadora estudiantil no ha dejado mono con cabeza y resulta muy poco conveniente, a riesgo de caer en fantochería, indicar panoramas taxativos e inapelables. Con todo, no faltan los que sí suponen una claridad incontestable, azuzados por el abismo que se ha abierto delante de todos.

Una de estas voces que ha aprovechado el desarme y confusión en boga, es la del historiador Gabriel Salazar, adalid de los sectores anti-institucionales proclives a los consumos dicotómicos que creen ver en la pureza popularista de un cierto “bajo pueblo”, la única alternativa moral del hacer político social. Poseedor de una variada obra historiográfica, donde, por lo común, el criticismo presentista determina el obrar disciplinario, hoy aprieta un poco más las tuercas de su oferta condensando en un breve opúsculo lo más esencial de su pensamiento político e historiográfico. Nos referimos a la obra de ocasión titulada En el nombre del Poder Popular Constituyente (Chile siglo XXI), de reciente publicación. Respecto de ella queremos hacer algunos alcances. Al hacer uso de la categoría de “bajo pueblo” –categorización clasista y displicente aplicada por la élite del poder y del dinero- Salazar reitera, con no menos displicencia, el modo excluyente con que habitualmente aborda el pasado de la izquierda chilena, la “izquierda tradicional” de socialistas y comunistas. En primer término, digamos que no es que no estemos de acuerdo en varios de los aspectos generales de su analítica del poder y de la política hegemónica de base oligárquica que ha prevalecido en nuestro país, al contrario, estimamos tales aspectos como valiosos e incisivos en un sentido amplio. El problema surge cuando, al tener que enfrentar los desafíos de superación de tal hegemonía, Salazar se ubica en una posición intermedia entre lo maniqueo y lo impotente como resultado del exacerbado rechazo que le produce su lectura de la política en general, y de la realizada por izquierda tradicional, en particular.

La crítica a esta izquierda debe darse, efectivamente, sin contemplaciones en tanto no son pocos los elementos de ella que así lo ameritan: su tendencia al conservadorismo ideológico; sus arraigadas defensas corporativas; sus inclinaciones al culto personal de figuras y dirigentes; sus prácticas democráticas limitadas; su constante desdén por el conocimiento y la labor intelectual; su patológico apego acrítico a procesos políticos externos. Estos y otros factores son elementos suficientes para apuntar a sus evidentes fallas y obsecuencias. Pero de esto dar un salto a hacia la prefiguración de un pretendido e inmanente sujeto histórico-popular (bajo pueblo) conceptualizado como desiderátum o dechado de virtudes éticas y revolucionarias, es un problema que, lejos de conmover a la izquierda objeto de su crítica, lo encamina tanto a puerilidad antisistémica de tendencias puramente reactivas, como a su propio descrédito como analista.

Cierto es que en los dos siglos de República la democracia en Chile ha sido un rara avis. Por más loas que se le canten a nuestras glorias cívicas, ellas no hacen sino evidenciar la ausencia de un ordenamiento inclusivo y respetuoso de las particularidades sociales del país. Ello ha significado la persecución y la muerte para muchas de las fuerzas humanistas y antioligárquicas a raíz de la imposición a troche y moche de las soluciones de poder que, debidamente “modernizadas”, han llevado a cabo su rol interno como forma de asegurar el respaldo externo de los distintos centros del capitalismo mundial.

De esta constante, sin embargo, Salazar se vale para anteponer a los mitos patrios con que se ha envuelto este accionar, otra gama de “gestas cívicas” –ínsitas en una inmanente “memoria popular”- a mi juicio, no menos mistificadoras y alienantes: en su obra en comento, estas gestas cursan por medio de una narrativa de estilo romanticista, idealizadas y descontextualizadas, todas, en general, de sesgo impresionista, muy propias de los discursos de tipo redentoristas y martirológicos de la primitiva ascesis cristiana (se extraña en la prosa de Salazar la clara ausencia acusatoria del rol de la Iglesia Católica, uno de los poderes más evidentes del conservadorismo anti-liberal en Chile). No poco de tal perspectiva teleológica –prevista en el nuevo Sinaí del Poder Popular Constituyente- es lo que se muestra al final de su opúsculo al hacer una encendida defensa de los “marginales”, “los olvidados de la Tierra”. Esta opción no sólo le permite escamotear buena parte de la politicidad popular del siglo XX, por corresponder a lo articulado por la izquierda tradicional, si no, a la vez, proponernos –anacronismo del bajo pueblo mediante- lo que para él sería el verdadero locus de la política, de aquella puramente social y, ciertamente, anti-partidista, cifrada en la excelsa labor autogestionada de los parias de la sociedad actual, los mismos que, por ventura biologicista (portadores de los genes fertilizadores del poder), compartirían una identidad trans histórica esencial. Y para ello echa mano no únicamente al indiferenciado repertorio de actos constituyentes que jalonarían la historia chilena desde la Colonia, sino también, a una retórica muy florida, cargada de metáforas, símiles, frases sugestivas, alusiones alegóricas, sentencias fulminantes, dirigidas a impresionar lectores y audiencias. Nótese, a este respecto, cómo, de un modo olímpico y sin precaución alguna, en su estrategia

persuasiva se dan cita desde Aristóteles hasta Habermas, pasando por Tocqueville y Arendt. Un lector atento bien podría preguntarse: ¿a cuáles Aristóteles, Arendt, Habermas o Tocqueville está acudiendo Salazar para “fundamentar” su exhortación? Pareciera, en este sentido, que todo vale con tal de dar realce y pose de autoridad a una postura decidida de antemano.

Nuevamente, a nuestro entender, no se trata de desconocer el imprescindible poder asociativo de la base social, sea cual sea esta; no obstante, la connotación que Salazar le otorga a ella –reedición del mito del buen salvaje- la torna tanto o más “ideológica” y falsa que las producidas por el canon de la izquierda tradicional (del obrerismo consciente) o del folclorismo de la derecha (rotos que pueden ser tan simpáticos como temidos).

No hay duda que una de las partes más débiles de su exposición es la que refiere a las razones del fracaso constante de los actos de civilidad popular que tanto defiende Salazar ¿Pura ingenuidad del lado bueno de la historia que ha sucumbido una y otra vez frente al malo? ¿Pura maldad de los enemigos y supuestos amigos del pueblo?, no lo sabemos muy bien pues nuestro autor no profundiza en esta problemática, aunque todo indica que ha sido la conspiración anti-soberana la que siempre ha primado. De ahí su insistencia en la única alternativa que le parece viable y prometedora: la del encierro en el cultivo propio de los “de abajo”, cortar todo acercamiento con los poderes espurios y prepararse para el día de la eclosión redentorista.

En síntesis, el “oportuno” folleto de Salazar podrá servir para hacer las delicias de muchos eufóricos hinchas de negarlo todo, y no faltarán justificaciones para ello, dado el derrumbe en la credibilidad del sistema político y sus partidos, pero para nada más: ahí están, para probarlo, las escasas líneas que aporta respecto de lo que, a todas luces, merecería mayor atención historiográfica: el tema del Estado y su nueva reconstrucción.

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