sábado, 31 de octubre de 2026

La Soberanía es alma nacional


Más allá de la ideología: cuando la soberanía y la humanidad de los pueblos pasan a segundo plano en América

La historia reciente de América Latina y el Caribe suele contarse a través de trincheras ideológicas. Desde las consignas callejeras que polarizan la opinión pública hasta los grandes acuerdos geopolíticos de seguridad, la narrativa dominante se empeña en dividir el mundo entre amigos y enemigos según el origen de la bota o del estetoscopio. Sin embargo, detrás de las etiquetas partidistas y el tablero de ajedrez de las potencias, existe una realidad silenciada: la humanidad de las personas y la verdadera soberanía de las naciones han quedado relegadas a un segundo plano.

Geopolítica, salud y doble rasero: ¿Cómo percibimos la ayuda en América Latina?

En las últimas décadas, el debate sobre la soberanía, la cooperación internacional y la seguridad en el continente americano ha estado marcado por profundas polarizaciones. La imagen que acompaña este artículo expone una crítica directa a una narrativa frecuente en el discurso político regional: la dualidad con la que se juzga la presencia de actores extranjeros según su origen ideológico.

Por un lado, la llegada de profesionales de la salud —como las misiones médicas internacionales— suele ser motivo de álgidos debates políticos. Mientras que sectores sociales y gobiernos los valoran como un refuerzo indispensable para la atención pública en comunidades vulnerables, sectores conservadores o de oposición frecuentemente los catalogan bajo la sospecha de interferencia ideológica o injerencia política.

Por otro lado, la presencia militar o la cooperación en materia de seguridad vinculada a potencias occidentales —en especial a Estados Unidos— genera reacciones divididas. Para amplios sectores políticos, estas alianzas son interpretadas como garantías de estabilidad y defensa democrática; sin embargo, para los movimientos sociales críticos y progresistas, representan formas de subordinación geopolítica e intervención histórica en los asuntos internos de la región.

Hechos concretos para el debate en nuestra región:

  • La salud como derecho vs. la disputa ideológica: Las misiones de médicos y personal sanitario han operado en diversos países de América Latina y el Caribe, enfrentando el reto de equilibrar la emergencia sanitaria con las tensiones diplomáticas de los gobiernos de turno.
  • El peso de la seguridad hemisférica: Los acuerdos de cooperación militar han sido una constante histórica en América, con resultados mixtos en términos de seguridad ciudadana, soberanía y derechos humanos.
  • La polarización ciudadana: El trasfondo de esta discusión refleja cómo la polarización ideológica permea la opinión pública, dividiendo a las sociedades entre quienes desconfían de la cooperación del sur global y quienes justifican la influencia del norte.

El doble rasero de la cooperación: el espejismo ideológico

El debate sobre la ayuda y la presencia extranjera en la región ilustra perfectamente esta distorsión. Como se observa con frecuencia en las calles y en los discursos políticos, la legitimidad de la asistencia internacional no se mide por su impacto humanitario, sino por el color ideológico de quien la emite.

Por un lado, la llegada de misiones de cooperación técnica o profesionales de la salud —como los médicos cubanos— suele ser estigmatizada por sectores conservadores bajo la sospecha automática de una invasión ideológica. Por el otro, la injerencia militar o los pactos de seguridad promovidos por potencias occidentales —en especial Estados Unidos— son justificados por esos mismos sectores como actos de "salvación" o defensa democrática, mientras los movimientos críticos los denuncian como subordinación geopolítica. En ambos casos, el foco se desvía: importa más el dogma que la salud o la dignidad del ciudadano de a pie.

El costo de la militarización: más de dos décadas de deuda social

Este choque de narrativas abstractas tiene consecuencias sumamente concretas sobre el terreno. Un claro ejemplo es la prolongada estrategia de seguridad en países como Colombia. Durante más de veinticinco años —desde la implementación de convenios de asistencia militar y cooperación técnica en el marco de estrategias como el Plan Colombia—, el argumento central ha sido la lucha frontal contra el narcoterrorismo y la criminalidad organizada.

Es necesario por lo tanto aclarar un par de puntos clave sobre la realidad geopolítica e histórica de Colombia:

 * Las bases militares de Estados Unidos en Colombia nunca fueron "cerradas" por el gobierno de Gustavo Petro. La cooperación militar y los convenios de asistencia técnica y de seguridad entre ambos países se han mantenido vigentes a lo largo de las décadas (con matices y variaciones según la administración de turno). De hecho, la presencia de personal y los ejercicios militares conjuntos continúan operando en bases históricas colombianas como la de Tolemaida.

 * No existen bases militares estadounidenses exclusivos o coloniales en territorio colombiano al estilo de Guantánamo; lo que ha existido son acuerdos de cooperación que permiten el uso estratégico y la asesoría en bases militares de las Fuerzas Armadas de Colombia por parte de tropas norteamericanas.

¿Cuánto tiempo llevan operando?

La presencia militar y de cooperación de Estados Unidos enfocada en la asistencia técnica, el entrenamiento y la lucha contra el narcotráfico en Colombia se intensificó notablemente a finales de los años 90 y principios de los 2000 con la implementación del Plan Colombia (firmado en 1999 bajo las administraciones de Andrés Pastrana y Bill Clinton).

Contando desde el despliegue masivo del Plan Colombia hasta la actualidad, esta cooperación militar conjunta acumula más de dos décadas y media (más de 25 años) de asistencia continuada.

¿Solucionaron el problema del narcotráfico?

No, el problema no se solucionó. El narcotráfico y el conflicto armado asociado a este siguen siendo uno de los desafíos más complejos de Colombia y de la región.

Los resultados de estas décadas de estrategia militar conjunta han sido sumamente debatidos:

 * Lo que argumentan sus defensores: La cooperación permitió debilitar de forma histórica a las grandes estructuras de carteles tradicionales de la droga (como los de Medellín y Cali en su momento), abatió o capturó a capos de alta peligrosidad y dotó a las fuerzas colombianas de tecnología, inteligencia y movilidad aérea (helicópteros) sin precedentes.

 * Lo que señalan los críticos y analistas: El problema estructural del narcotráfico demostró ser altamente adaptable. A pesar de la erradicación, la fumigación y la incautación récord de toneladas de cocaína año tras año, los cultivos ilícitos se han mantenido o desplazado a nuevas zonas por el lucrativo negocio de la demanda internacional. El fenómeno mutó hacia nuevas estructuras criminales y disidencias, evidenciando que la militarización por sí sola no erradica las causas socioeconómicas del narcotráfico (como la pobreza rural y la falta de presencia estatal integral).

Los hechos demuestran que la militarización por sí sola no ha solucionado el problema estructural. A pesar de décadas de cooperación militar y asesoría extranjera continuada, las estructuras del narcotráfico han demostrado una enorme capacidad de adaptación, y los cultivos ilícitos persisten arraigados en las fallas históricas del Estado: la pobreza rural, la falta de oportunidades y la ausencia de desarrollo integral. Las bases militares extranjeras y los operativos conjuntos no cerraron las brechas de violencia; simplemente cambiaron de rostro y de geografía, evidenciando que la seguridad militar sin justicia social es un callejón sin salida.

Recuperar la brújula: la humanidad como centro

La lección que nos dejan tanto la polarización callejera como el fracaso de las recetas puramente punitivas es urgente y categórica: la soberanía real no consiste en alinearse ciegamente con un bloque ni en tercerizar la seguridad nacional, sino en anteponer la vida y el bienestar de los pueblos.

Cuando la ideología se convierte en el único lente para interpretar la realidad, los seres humanos se transforman en simples daños colaterales. Es momento de que los pueblos, los gobiernos y las sociedades de América se replanteen la cooperación internacional y las políticas de Estado bajo un principio fundamental: que ninguna doctrina geopolítica ni estrategia militar vale más que la dignidad, la paz y el desarrollo humano de quienes habitan nuestra región.

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