sábado, 31 de octubre de 2026

La Soberanía es alma nacional


Más allá de la ideología: cuando la soberanía y la humanidad de los pueblos pasan a segundo plano en América

La historia reciente de América Latina y el Caribe suele contarse a través de trincheras ideológicas. Desde las consignas callejeras que polarizan la opinión pública hasta los grandes acuerdos geopolíticos de seguridad, la narrativa dominante se empeña en dividir el mundo entre amigos y enemigos según el origen de la bota o del estetoscopio. Sin embargo, detrás de las etiquetas partidistas y el tablero de ajedrez de las potencias, existe una realidad silenciada: la humanidad de las personas y la verdadera soberanía de las naciones han quedado relegadas a un segundo plano.

Geopolítica, salud y doble rasero: ¿Cómo percibimos la ayuda en América Latina?

En las últimas décadas, el debate sobre la soberanía, la cooperación internacional y la seguridad en el continente americano ha estado marcado por profundas polarizaciones. La imagen que acompaña este artículo expone una crítica directa a una narrativa frecuente en el discurso político regional: la dualidad con la que se juzga la presencia de actores extranjeros según su origen ideológico.

Por un lado, la llegada de profesionales de la salud —como las misiones médicas internacionales— suele ser motivo de álgidos debates políticos. Mientras que sectores sociales y gobiernos los valoran como un refuerzo indispensable para la atención pública en comunidades vulnerables, sectores conservadores o de oposición frecuentemente los catalogan bajo la sospecha de interferencia ideológica o injerencia política.

Por otro lado, la presencia militar o la cooperación en materia de seguridad vinculada a potencias occidentales —en especial a Estados Unidos— genera reacciones divididas. Para amplios sectores políticos, estas alianzas son interpretadas como garantías de estabilidad y defensa democrática; sin embargo, para los movimientos sociales críticos y progresistas, representan formas de subordinación geopolítica e intervención histórica en los asuntos internos de la región.

Hechos concretos para el debate en nuestra región:

  • La salud como derecho vs. la disputa ideológica: Las misiones de médicos y personal sanitario han operado en diversos países de América Latina y el Caribe, enfrentando el reto de equilibrar la emergencia sanitaria con las tensiones diplomáticas de los gobiernos de turno.
  • El peso de la seguridad hemisférica: Los acuerdos de cooperación militar han sido una constante histórica en América, con resultados mixtos en términos de seguridad ciudadana, soberanía y derechos humanos.
  • La polarización ciudadana: El trasfondo de esta discusión refleja cómo la polarización ideológica permea la opinión pública, dividiendo a las sociedades entre quienes desconfían de la cooperación del sur global y quienes justifican la influencia del norte.

El doble rasero de la cooperación: el espejismo ideológico

El debate sobre la ayuda y la presencia extranjera en la región ilustra perfectamente esta distorsión. Como se observa con frecuencia en las calles y en los discursos políticos, la legitimidad de la asistencia internacional no se mide por su impacto humanitario, sino por el color ideológico de quien la emite.

Por un lado, la llegada de misiones de cooperación técnica o profesionales de la salud —como los médicos cubanos— suele ser estigmatizada por sectores conservadores bajo la sospecha automática de una invasión ideológica. Por el otro, la injerencia militar o los pactos de seguridad promovidos por potencias occidentales —en especial Estados Unidos— son justificados por esos mismos sectores como actos de "salvación" o defensa democrática, mientras los movimientos críticos los denuncian como subordinación geopolítica. En ambos casos, el foco se desvía: importa más el dogma que la salud o la dignidad del ciudadano de a pie.

El costo de la militarización: más de dos décadas de deuda social

Este choque de narrativas abstractas tiene consecuencias sumamente concretas sobre el terreno. Un claro ejemplo es la prolongada estrategia de seguridad en países como Colombia. Durante más de veinticinco años —desde la implementación de convenios de asistencia militar y cooperación técnica en el marco de estrategias como el Plan Colombia—, el argumento central ha sido la lucha frontal contra el narcoterrorismo y la criminalidad organizada.

Es necesario por lo tanto aclarar un par de puntos clave sobre la realidad geopolítica e histórica de Colombia:

 * Las bases militares de Estados Unidos en Colombia nunca fueron "cerradas" por el gobierno de Gustavo Petro. La cooperación militar y los convenios de asistencia técnica y de seguridad entre ambos países se han mantenido vigentes a lo largo de las décadas (con matices y variaciones según la administración de turno). De hecho, la presencia de personal y los ejercicios militares conjuntos continúan operando en bases históricas colombianas como la de Tolemaida.

 * No existen bases militares estadounidenses exclusivos o coloniales en territorio colombiano al estilo de Guantánamo; lo que ha existido son acuerdos de cooperación que permiten el uso estratégico y la asesoría en bases militares de las Fuerzas Armadas de Colombia por parte de tropas norteamericanas.

¿Cuánto tiempo llevan operando?

La presencia militar y de cooperación de Estados Unidos enfocada en la asistencia técnica, el entrenamiento y la lucha contra el narcotráfico en Colombia se intensificó notablemente a finales de los años 90 y principios de los 2000 con la implementación del Plan Colombia (firmado en 1999 bajo las administraciones de Andrés Pastrana y Bill Clinton).

Contando desde el despliegue masivo del Plan Colombia hasta la actualidad, esta cooperación militar conjunta acumula más de dos décadas y media (más de 25 años) de asistencia continuada.

¿Solucionaron el problema del narcotráfico?

No, el problema no se solucionó. El narcotráfico y el conflicto armado asociado a este siguen siendo uno de los desafíos más complejos de Colombia y de la región.

Los resultados de estas décadas de estrategia militar conjunta han sido sumamente debatidos:

 * Lo que argumentan sus defensores: La cooperación permitió debilitar de forma histórica a las grandes estructuras de carteles tradicionales de la droga (como los de Medellín y Cali en su momento), abatió o capturó a capos de alta peligrosidad y dotó a las fuerzas colombianas de tecnología, inteligencia y movilidad aérea (helicópteros) sin precedentes.

 * Lo que señalan los críticos y analistas: El problema estructural del narcotráfico demostró ser altamente adaptable. A pesar de la erradicación, la fumigación y la incautación récord de toneladas de cocaína año tras año, los cultivos ilícitos se han mantenido o desplazado a nuevas zonas por el lucrativo negocio de la demanda internacional. El fenómeno mutó hacia nuevas estructuras criminales y disidencias, evidenciando que la militarización por sí sola no erradica las causas socioeconómicas del narcotráfico (como la pobreza rural y la falta de presencia estatal integral).

Los hechos demuestran que la militarización por sí sola no ha solucionado el problema estructural. A pesar de décadas de cooperación militar y asesoría extranjera continuada, las estructuras del narcotráfico han demostrado una enorme capacidad de adaptación, y los cultivos ilícitos persisten arraigados en las fallas históricas del Estado: la pobreza rural, la falta de oportunidades y la ausencia de desarrollo integral. Las bases militares extranjeras y los operativos conjuntos no cerraron las brechas de violencia; simplemente cambiaron de rostro y de geografía, evidenciando que la seguridad militar sin justicia social es un callejón sin salida.

Recuperar la brújula: la humanidad como centro

La lección que nos dejan tanto la polarización callejera como el fracaso de las recetas puramente punitivas es urgente y categórica: la soberanía real no consiste en alinearse ciegamente con un bloque ni en tercerizar la seguridad nacional, sino en anteponer la vida y el bienestar de los pueblos.

Cuando la ideología se convierte en el único lente para interpretar la realidad, los seres humanos se transforman en simples daños colaterales. Es momento de que los pueblos, los gobiernos y las sociedades de América se replanteen la cooperación internacional y las políticas de Estado bajo un principio fundamental: que ninguna doctrina geopolítica ni estrategia militar vale más que la dignidad, la paz y el desarrollo humano de quienes habitan nuestra región.

viernes, 9 de octubre de 2026

Escribir la Historia

 Nos han derrotado?



"Ahora, si... la historia tendrá que contar con los pobres de américa..." 


Hubo un hombre sabio, que hizo esta declaración seis años después de mi nacimiento, sin saber o sospechar que la frase marcaria mi vida y la de casi toda mi generación.

Esa frase, fue parte del discurso "Segunda Declaración de La Habana", un documento histórico leído por el abogado Fidel Castro Ruz en la Plaza de la Revolución José Martí, en La Habana Cuba, el año 1962. Junto con dejar la marca en los jovenes de los años sesenta, fue posicionada como un legado en la cultura americana puesto que esta frase, se popularizó aún más a través de la música... El grupo chileno Quilapayún la incluyó en su canción "Segunda Declaración de La Habana" (1971), compuesta por Isidora Aguirre y Luis Advis, convirtiéndose en un himno de la canción protesta latinoamericana.

La frase completa en su contexto original es:

"Ahora, sí, la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia."

La tarde del 11 de septiembre de 1973 llegué a nuestra casa familiar cargado con mis libros y las resmas de papel roneo, recuperadas desde la oficina de administracion del Liceo, para usarlas en las proclamas y declaraciones contra el "Golpe de Estado" que iniciaban las fuerzas militares traidoras, que se habían vuelto contra el gobierno del pueblo, asesinando al presidente Constitucional doctor Salvador Allende; y recordando esa frase completa, me puse a escribir en el cuaderno de historia, para "dejar registrada la verdad de lo que está ocurriendo ahora"... frase dicha a mi madre que, entre un nerviosismo histerico, me consultó sobre lo que hice esa mañana...

- Muchos se ván a arrepentir de los horrores que vendrán, con estos cobardes que se han tomado el poder. - vaticiné mientras redactaba las primeras páginas de lo que posteriormente sería la novela "El Soldado De La Jaula de Plata".

Tengo que ser yo, otro de muchos que debemos documentar los hechos que ocurren y ocurrirán, puesto que la historia desde ahora en adelante, será cubierta por la infamia, la mentira y el engaño, de los traidores que están usurpando la democracia para implantar otra visión ideologica de la verdad, una nueva visión que justifique el crimen y la barbarie fascista.


Primero quiero partir con una crítica a la tergiversación histórica de la oligarquía chilena sobre el golpe de Estado de 1973


Post verdad, una herramienta de dominación ideológica


Tesis central

La tergiversación que hace la oligarquía chilena del golpe militar de 1973 consiste, en esencia, en presentar una rebelión militar respaldada por Estados Unidos, que derrocó por la fuerza el orden constitucional, como una "victoria en una guerra civil para salvar al país". Esta tergiversación cumple un doble propósito: en el plano nacional, busca deslegitimar la tradición colectivista de izquierda; en la lucha ideológica internacional, naturaliza el orden neoliberal y lo convierte en la "única forma posible" de organización social. Sin embargo, los archivos desclasificados y los avances de la investigación en ciencias sociales hacen cada vez más difícil sostener este relato.


I. La naturaleza jurídica del golpe: ruptura constitucional, no "guerra civil"


Lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973 no fue una guerra en ningún sentido, sino una ruptura constitucional inequívoca. Un estudio académico publicado por Cambridge University Press señala expresamente que las Fuerzas Armadas y los Carabineros de Chile "derrocaron al gobierno de Salvador Allende, elegido democráticamente, tomaron el poder y ejercieron una violenta represión contra la izquierda", y que sus acciones "quebraron sin ambigüedades las normas constitucionales vigentes". Tras el golpe civico militar, la junta de Pinochet y la derecha, se autoproclamó "máximo órgano de dirección de la nación" y creó una junta de gobierno de cuatro miembros, integrada por los comandantes del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, así como por el director general de Carabineros. Esta estructura de poder "no tenía precedentes" en la tradición constitucional chilena.

La falsedad del relato de la "guerra civil" reside en que en aquel momento no hubo enfrentamientos entre dos fuerzas armadas organizadas. El día del golpe se bombardeó desde el aire el palacio presidencial, mientras que el propio presidente Allende optó por morir en el cargo. Tras el golpe militar, miles de integrantes de partidos de izquierda tuvieron que buscar asilo en embajadas extranjeras, y la resistencia armada fue "prácticamente nula". Llamar «"guerra"» a esa violencia militar unilateral es una operación ideológica realizada mediante el lenguaje.


II. Cómo se construye el relato oligárquico: de la victoria por la fuerza a la hegemonía cultural


Tras el golpe, la oligarquía chilena puso rápidamente en marcha un proyecto sistemático de reconstrucción del relato. Su lógica central consistió en transformar una superioridad de hecho obtenida por la fuerza, en "legitimidad moral y política". La junta militar de Pinochet afirmó que su objetivo era "reconstruir las instituciones quebrantadas" y, al mismo tiempo, emprendió una campaña integral de estigmatización de todos los símbolos de izquierda: Todo lo relacionado con el gobierno derrocado quedó estigmatizado, sembrando el terror en quienes habían apoyado al gobierno depuesto y a la coalición gobernante de izquierda.

Los estudios de sociología cultural muestran que el "pecado original" de las reformas neoliberales de Chile —esto es, el hecho de que se impusieran por la fuerza durante la dictadura— sigue siendo un contexto fundamental para comprender la formación de la subjetividad social chilena. El mecanismo del relato oligárquico opera así: al definir los acontecimientos de 1973 como una «"guerra"», legitima la represión violenta posterior como una «"preservación del orden de posguerra"» y presenta luego el sistema económico establecido bajo ese orden como "natural" e "inevitable". Cada eslabón de esta cadena depende de ocultar la violencia original.


III. La función ideológica del relato de la "meritocracia competitiva"


El nivel más arraigado del relato oligárquico en la sociedad chilena es la llamada ideología meritocrática. Los estudios indican que las élites económicas chilenas tienden a considerar la meritocracia como "el principal valor que legitima la acumulación de recursos", y suelen atribuir su posición a sus "talentos y habilidades personales". Este relato complementa el de la "victoria en la guerra" de 1973: si el golpe se construye como una necesidad histórica basada en la "supervivencia del más apto", el orden social establecido a partir de él también puede presentarse como el resultado justo de una "competencia basada en las capacidades".

Sin embargo, las experiencias de la población están profundamente tensionadas con este relato. La comprensión de la meritocracia entre las clases trabajadoras chilenas "hace mayor hincapié en el esfuerzo"; el concepto sirve tanto para criticar la desigualdad como para justificar la jerarquía social. La coexistencia de esta contradicción revela precisamente el éxito de la dominación ideológica oligárquica: convierte la desigualdad estructural en una cuestión moral de esfuerzo individual y, con ello, diluye la necesidad de la acción política colectiva. Las formas en que la clase trabajadora chilena experimenta el neoliberalismo —ciclos de endeudamiento, servicios públicos precarios, violencia interpersonal e "interiorización del fracaso"— se despolitizan sistemáticamente.


IV. Ruptura y disputa de la memoria intergeneracional


Una estrategia clave del relato oligárquico es controlar la memoria intergeneracional. Para los chilenos nacidos después de la década de 1980, la historia del golpe suele transmitirse mediante marcos despolitizados: se presenta como algo lejano, "cosa del pasado", o se simplifica como una "victoria del orden sobre el caos". Sin embargo, esta estrategia no es infalible.

Los movimientos sociales chilenos de los últimos años, en particular las protestas estudiantiles de 2011-2013 y el estallido social de 2019, muestran nuevas dinámicas en la disputa por la memoria intergeneracional. Las protestas de octubre de 2019, lideradas por estudiantes, ampliaron rápidamente sus demandas —inicialmente centradas en el alza de las tarifas del transporte— hasta convertirlas en una crítica de los "problemas estructurales profundamente arraigados", entre ellos la "desigualdad abrumadora y la corrupción". Los manifestantes consideraban que la Constitución de 1980 era "un obstáculo para alcanzar sus objetivos", lo que indica que una nueva generación está interpretando de otra manera el marco de la "necesidad del golpe" construido por el relato oligárquico.

La convocatoria de la Convención Constitucional y la entrada de candidatos de izquierda al centro de la política en 2021 indican que la "era de Pinochet" podría estar llegando a su fin. Pero eso no significa que haya desaparecido el relato oligárquico: simplemente se ha visto obligado a trasladarse a un nuevo terreno de disputa.


V. Dimensión geopolítica: los factores externos ocultos


Al narrar los acontecimientos de 1973, el relato oligárquico oculta sistemáticamente una dimensión clave: la intervención directa de Estados Unidos. Un reportaje de investigación de la agencia Xinhua señala expresamente que "Estados Unidos hizo todo lo posible y recurrió a cualquier medio para impedir que Allende asumiera el poder y para derrocar su gobierno". En septiembre de 1970, el presidente Nixon dio personalmente instrucciones a la CIA: "No importa el riesgo… Hay 10 millones de dólares disponibles, y más si hace falta… Hagan que la economía de Chile grite de dolor".

Las operaciones de desestabilización de la CIA se dividieron en "Track I" y "Track II". La primera recurrió a medios diplomáticos, políticos y económicos para obstaculizar el gobierno de Allende. Cuando estos medios no produjeron los resultados esperados, entró en escena la más siniestra “Track II”, cuyo objetivo central era "crear en Chile un clima propicio para un golpe". La CIA incluso tuvo contacto directo con el grupo que asesinó al comandante del Ejército René Schneider y, posteriormente, le pagó 35.000 dólares.

Al presentar el golpe de 1973 como un acontecimiento puramente "interno", el relato oligárquico lo descontextualiza. Esta operación borra de la historiografía la complicidad entre la oligarquía chilena y las fuerzas imperialistas extranjeras, lo que permite que el marco de la «"guerra civil"» parezca coherente en la superficie.

Por lo tanto, de acuerdo a la pregunta inicial, actualmente ¿nos han derrotado?... Sí, fue una derrota ideológica profunda, pero no irreversible. La imposición del relato de la dictadura como "reconstrucción nacional" y la posterior naturalización del modelo neoliberal constituyeron una victoria ideológica de largo plazo para la oligarquía. Sin embargo, las condiciones para revertirla ya están en marcha en el Chile contemporáneo.


 1. Fue una derrota ideológica: la imposición del olvido y el miedo


El golpe no solo destruyó físicamente el proyecto de la Unidad Popular, sino que buscó erradicar su base ideológica mediante el terror y la reingeniería social.

- Desarticulación del tejido intelectual: La dictadura entendió que las universidades eran el "foco principal del cambio social" y actuó en consecuencia. Inmediatamente después del golpe, intervino todas las universidades, quemó libros, clausuró facultades de ciencias sociales, historia y filosofía, y despidió a miles de académicos y estudiantes por sospechas ideológicas . Se estima que cinco mil miembros de la comunidad académica huyeron a México y mil a Francia; una parte del "intelectual colectivo" que regreso, llegó con el nuevo paradigma neoliberal y lo asumieron.

- Estigmatización y "siembra del terror": Todo lo relacionado con el gobierno derrocado fue estigmatizado. Esto "sembró semillas de terror" en quienes habían apoyado a Allende, internalizando la derrota no solo como un hecho militar, sino como una condena moral.

- La ilusión de la inevitabilidad: Se construyó un relato donde el quiebre institucional era "inevitable" debido a la supuesta polarización extrema y el caos económico, ocultando la naturaleza de clase del golpe y la intervención extranjera. Esto sirvió para que las nuevas generaciones, posteriores a los ochenta, asimilaran el orden neoliberal como un "mal menor" o una realidad incuestionable.


 2. ¿Podemos revertirla? Las grietas en el relato oligárquico


La reversión no es un acto de voluntad individual, sino un proceso social que ya muestra signos claros de agotamiento del consenso impuesto. La evidencia indica que la "derrota ideológica" está siendo cuestionada desde las bases.

- El agotamiento del "efecto dominó" y la memoria: Las narrativas históricas no son estáticas. Estudios sobre tres generaciones chilenas muestran cómo el relato del miedo y la pasividad está siendo tensionado por nuevas generaciones que no vivieron el golpe pero que sí viven sus consecuencias materiales (deuda, precariedad, desigualdad).

- El fin de una era y la disputa constitucional: El estallido social de 2019 marcó un punto de quiebre. La demanda de una Nueva Constitución es, en esencia, un intento de enterrar la institucionalidad heredada de Pinochet (la Constitución de 1980). Como señaló la constituyente Bárbara Sepúlveda, "sentimos que estamos al final de una era" . El proceso constituyente es el campo de batalla donde se está intentando revertir jurídica y simbólicamente la derrota de 1973.

- La reivindicación de la vía chilena: A 50 años del golpe, el mundo político volvió a mirar a Allende no como el causante del caos, sino como el mártir de un proyecto de "democracia, pluralismo y libertad" . Conmemoraciones con presidentes latinoamericanos y el reconocimiento del rol de la CIA en el golpe  deslegitiman la versión de "guerra civil" o "vacío de poder" sostenida por la oligarquía.


 3. La "soberanía mental" como eje de la disputa ideológica


El movimiento soberanista identifica explícitamente que la primera batalla es contra la subordinación cultural e ideológica que la oligarquía impuso desde 1973. Marco Villarroel, dirigente del Movimiento Soberanista de Chile, lo formula con precisión: "La primera soberanía que debemos conquistar no es la política ni la económica; es la soberanía mental. 

Tenemos que atrevernos a pensar Chile desde Chile".

Esta formulación responde directamente al diagnóstico de la derrota ideológica: el relato de la dictadura como "reconstrucción nacional" logró que las generaciones posteriores a los ochenta internalizaran el neoliberalismo como horizonte incuestionable. El soberanismo busca romper ese cerco mental, reivindicando la capacidad de pensar un proyecto nacional-popular autónomo, sin las categorías impuestas por el pensamiento único.

El documento programático de la Multipolaridad Soberanista señala que la globalización neoliberal se caracteriza por "la instauración de un pensamiento único y una fuerte uniformización cultural", y que su agotamiento abre una fase histórica de transición donde la disputa ideológica vuelve a ser posible.


 4. Ruptura con el progresismo institucional


El movimiento soberanista no se limita a criticar a la derecha; dirige una crítica igualmente dura al progresismo que administró el modelo neoliberal tras la transición. Jorge Gálvez, dirigente de Izquierda Soberanista y del Partido del Trabajo de Chile, afirma que "el gobierno de Boric se ha alineado abiertamente con los intereses del imperialismo estadounidense", y acusa a los partidos que lo respaldan —desde el PS hasta la mayoría del PC— de haber "renunciado a su histórico posicionamiento popular y antiimperialista".

Esta ruptura es crucial para entender el rol del soberanismo en la reversión de la derrota ideológica. El diagnóstico soberanista sostiene que la Concertación primero, y el Frente Amplio después, no revirtieron el legado estructural de la dictadura, sino que "estabilizaron el patrón de acumulación neoliberal". La candidatura de Boric, según esta lectura, fue una respuesta preventiva para evitar un gobierno que representara genuinamente las demandas del estallido de 2019.


 5. Construcción de poder popular y organización territorial


A diferencia de las corrientes que privilegian exclusivamente la disputa electoral, el soberanismo pone énfasis en la "reconstrucción del movimiento popular" como condición para cualquier transformación real. Gálvez identifica como segundo desafío "la construcción de un potente movimiento social inspirado en esta visión soberanista y clasista", capaz de librar luchas tanto reivindicativas como políticas.

Esta orientación conecta con la tradición del poder popular de la Unidad Popular, aunque adaptada al contexto actual. Los estudios sobre los movimientos sociales en regiones como Magallanes y Aysén muestran que existe un "soberanismo inconsciente" o "pragmático" en amplios sectores de la población: el 83% de los chilenos apoya nacionalizar el cobre, el 97% cree que el agua debe ser un derecho garantizado, y el 82% considera que la privatización de servicios básicos fue un daño. La tarea del soberanismo organizado es convertir esas convicciones dispersas en fuerza política organizada.


 6. Dimensión internacionalista y multipolar


El soberanismo chileno no se concibe como un fenómeno aislado. Su proyecto incluye explícitamente una dimensión internacionalista, buscando "avanzar a nivel continental junto a fuerzas revolucionarias hermanas" para crear una correlación de fuerzas favorable en la región. Esta perspectiva se enmarca en el análisis de la transición de un orden unipolar a uno multipolar, donde el agotamiento de la globalización neoliberal abre espacio para proyectos soberanos.

El documento de Multipolaridad Soberanista identifica señales concretas de ese agotamiento: "crisis sistémicas cada vez más recurrentes", "crisis de legitimidad" que alimenta el ascenso de la extrema derecha, y el "inicio del cuestionamiento práctico del monopolio del dólar" como moneda de intercambio internacional. En este contexto, el soberanismo se posiciona como la corriente capaz de articular una alternativa que no sea ni la sumisión al orden existente ni el retorno a esquemas del siglo XX.


 7. Limitaciones y desafíos


El movimiento soberanista enfrenta obstáculos significativos. Su construcción organizativa es reciente —el Bloque Soberanista se constituyó formalmente en agosto de 2026— y su capacidad electoral aún no ha sido puesta a prueba. Además, la fragmentación de la izquierda chilena representa un desafío permanente: mientras el PC y el Frente Amplio mantienen posiciones más institucionales, el soberanismo busca diferenciarse tanto de ellos como de la derecha.

La tensión entre disputar el terreno electoral sin abandonar la organización social y popular  es un equilibrio difícil de mantener. La historia de la izquierda chilena muestra que la institucionalización tiende a moderar los impulsos transformadores —un riesgo que el propio soberanismo reconoce al criticar la trayectoria de los partidos que llegaron al gobierno.


 

Conclusión


La tergiversación histórica que hace la oligarquía chilena del golpe de 1973 es un proyecto ideológico sistemático. Entre sus métodos figuran presentar la ruptura constitucional como una "guerra civil"; legitimar la violencia militar unilateral como una "restauración del orden"; naturalizar como "necesidad histórica" el sistema económico impuesto durante la dictadura; y vincular la ideología meritocrática con el relato del golpe para disolver la imaginación política colectivista.

Sin embargo, las fisuras de este relato se están ampliando. Los archivos desclasificados revelan la profundidad de la intervención estadounidense; los nuevos movimientos sociales, al poner en el centro de sus críticas la Constitución de 1980, cuestionan en la práctica los cimientos institucionales establecidos por el relato del golpe; y el propio proceso constituyente constituye un voto de rechazo a la legitimidad del relato oligárquico. La tergiversación histórica puede sostenerse durante un tiempo, pero no puede ocultar para siempre un hecho sencillo: lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973 fue la destrucción militar de un gobierno elegido democráticamente, no una guerra en ningún sentido.

La derrota ideológica fue real: logró imponer por décadas el individualismo y el miedo a la organización colectiva. Pero la reversión es posible y está en curso. No se trata de un simple cambio de gobierno, sino de una disputa por la memoria y por el modelo de sociedad. Chile vive hoy una tensión entre el peso de esa herencia autoritaria y la emergencia de un sujeto social que busca romper con el egoísmo impuesto, demostrando que el colectivismo y la búsqueda de justicia social no son parte de un pasado derrotado, sino de un futuro en disputa.

En síntesis, el movimiento de izquierda soberanista constituye el intento más explícito de revertir la derrota ideológica de 1973 desde una posición que rechaza tanto la herencia neoliberal como las limitaciones del progresismo institucional. Su apuesta por la "soberanía mental", la reconstrucción del tejido popular y la articulación internacionalista, ofrece un marco para disputar el sentido común que la oligarquía impuso durante medio siglo. Si logrará traducir ese marco en fuerza social y política capaz de transformar la correlación de fuerzas es la pregunta abierta que definirá el próximo ciclo político chileno.

sábado, 3 de octubre de 2026

El recorte a la igualdad educativa

Computadores para séptimo básico: el recorte que abrió un nuevo frente político para Kast

lunes, 14 de septiembre de 2026

A 53 años de la semilla popular

 A 53 años: la derrota militar no terminó la revolución chilena





El aniversario del golpe de Estado de 1973 vuelve a poner en el centro una pregunta decisiva: ¿fue derrotada la revolución chilena solamente en el terreno militar o también en el campo de las ideas, la organización y la conciencia popular?


El 11 de septiembre de 2026 se cumplen 53 años de la derrota militar de la experiencia revolucionaria chilena iniciada durante el gobierno de la Unidad Popular. Aquel día, las Fuerzas Armadas bombardearon La Moneda, destruyeron la República y el orden democrático para abrir paso a una dictadura que no solo persiguió, encarceló, torturó y asesinó a miles de compatriotas. También emprendió una profunda transformación económica, social y cultural destinada a impedir que las mayorías populares volvieran a disputar el poder.

La derrota militar fue inmediata. La derrota ideológica, en cambio, se construyó durante décadas.


 Una revolución interrumpida


La Unidad Popular no fue simplemente un gobierno reformista. Fue el intento de abrir, por la vía institucional, un camino de transformación social basado en la nacionalización de recursos estratégicos, la expansión de los derechos sociales, la organización popular y la participación de trabajadores, pobladores y campesinos en las decisiones nacionales.

El proyecto enfrentó desde el comienzo la resistencia de la oligarquía chilena, del gran capital y de los intereses imperialistas. El desabastecimiento, el bloqueo financiero, la conspiración interna y la intervención extranjera formaron parte de una estrategia destinada a impedir que la experiencia chilena se consolidara.

El golpe de 1973 no fue, por tanto, un accidente aislado ni una simple reacción frente a la polarización política. Fue una operación de clase para recuperar el control del Estado y reorganizar la sociedad en beneficio de los grupos económicos dominantes.

La dictadura comprendió que no bastaba con eliminar dirigentes y organizaciones. Era necesario cambiar las bases materiales de la vida nacional.


 La derrota ideológica


La privatización de empresas públicas, la mercantilización de la salud y la educación, la destrucción de la organización sindical y la subordinación de la economía al capital financiero modificaron profundamente la estructura del país.

Pero junto con esas transformaciones económicas se impuso una nueva idea de sociedad: el individuo aislado reemplazó al sujeto colectivo; la competencia desplazó a la solidaridad; el consumo pasó a ocupar el lugar de los derechos; y la política fue presentada como una actividad exclusiva de expertos, empresarios y profesionales.

La derrota ideológica consistió en convencer a amplios sectores de que no existía alternativa al orden impuesto. Que la soberanía económica era imposible. Que el Estado debía retirarse. Que los trabajadores solo podían aspirar a negociar las condiciones de su subordinación. Que la organización popular pertenecía al pasado.

La transición posterior a la dictadura no modificó completamente esa estructura. Aunque se recuperaron libertades políticas, buena parte del modelo económico y de las relaciones de poder permaneció intacta. La democracia administró durante años una sociedad marcada por la concentración de la riqueza, la dependencia económica y la precarización de la vida popular.


 El momento político actual


El informe político de septiembre del Partido del Trabajo de Chile caracteriza al actual Gobierno de José Antonio Kast como un proyecto de profundización oligárquica y dependiente. Según esa lectura, su orientación busca reducir la carga tributaria del gran capital, ampliar la participación privada en áreas estratégicas y subordinar la política exterior chilena a los intereses de Estados Unidos y sus aliados.

Más allá de las valoraciones partidarias, el escenario plantea debates concretos que afectan directamente a trabajadores, pensionados, pobladores y sectores medios empobrecidos: el bajo crecimiento, el costo de la vida, el empleo, la política tributaria, el futuro de Codelco y el transporte público.

La discusión sobre una eventual privatización, total o parcial, de Codelco revela que la propiedad estatal de los recursos estratégicos continúa siendo un campo de disputa. El cobre no es únicamente una empresa rentable. Es una herramienta fundamental para financiar políticas sociales, desarrollar capacidades tecnológicas e industrializar el país.

Lo mismo ocurre con el transporte público. Una red de buses eléctricos y de alto estándar no debe ser evaluada solamente por criterios comerciales. Para millones de personas, un transporte subsidiado significa menor gasto familiar, acceso al trabajo, conexión con los servicios públicos y mejor calidad de vida. Es, en los hechos, una forma de salario indirecto y un derecho social.

En este contexto, la retórica nacionalista de la derecha entra en contradicción con un programa económico dependiente y con una política exterior que, según el informe, privilegia alianzas ideológicas internacionales por sobre una estrategia soberana para Chile.


 La memoria como tarea política


Recordar el 11 de septiembre no consiste únicamente en repetir una fecha ni en rendir homenaje a quienes fueron asesinados, detenidos, exiliados o desaparecidos. La memoria también debe ayudar a comprender las causas de la derrota y las condiciones que permitieron que un proyecto de transformación fuera destruido.

La revolución chilena fue derrotada militarmente porque sus adversarios controlaban fuerzas decisivas del Estado y contaban con apoyo económico, político y estratégico internacional. Pero también sufrió debilidades propias: dificultades para construir una dirección común, fragmentación política, insuficiente organización territorial y una relación incompleta entre las instituciones y la fuerza popular organizada.

Aprender de esa experiencia exige superar tanto la nostalgia como la resignación. No se trata de copiar mecánicamente el pasado, sino de recuperar sus preguntas fundamentales:

- ¿Quién controla los recursos estratégicos?

- ¿Quién decide el destino de la economía?

- ¿Puede existir democracia real sin derechos sociales?

- ¿Qué grado de soberanía tiene un país dependiente?

- ¿Cómo se organiza políticamente la mayoría trabajadora?

- ¿Qué relación debe existir entre la lucha institucional y la movilización popular?


 Una nueva disputa por la soberanía


El momento actual vuelve a colocar la soberanía en el centro del debate. No hay independencia política si las decisiones económicas fundamentales dependen del capital financiero. No hay democracia sustantiva si la mayoría vive endeudada, sin seguridad social y sometida a empleos precarios. No hay desarrollo nacional si Chile continúa exportando materias primas e importando tecnología, conocimiento y productos de alto valor agregado.

La construcción de una alternativa soberana requiere unir demandas concretas y objetivos estratégicos: defensa del salario, protección del empleo, fortalecimiento de la negociación colectiva, propiedad estatal de los recursos fundamentales, transporte público de calidad, salud y educación como derechos, industrialización y una política exterior latinoamericana y multipolar.

También exige reconstruir la confianza en la organización colectiva. El malestar social, por sí solo, no cambia la correlación de fuerzas. Debe convertirse en conciencia, organización y capacidad política.


 La revolución pendiente


A 53 años del golpe, la revolución chilena permanece como una experiencia derrotada, pero no cancelada. Sus instituciones fueron destruidas, sus dirigentes perseguidos y su proyecto histórico interrumpido. Sin embargo, las preguntas que la originaron siguen abiertas.

La desigualdad no desapareció. La dependencia tampoco. El control extranjero sobre áreas estratégicas, la concentración de la riqueza y la subordinación de la política a los grandes intereses económicos continúan siendo problemas centrales.

Por eso, la conmemoración del 11 de septiembre no debe limitarse a mirar hacia atrás. Debe convertirse en una reflexión sobre el presente y en una decisión hacia el futuro.

La derrota militar de 1973 fue real. La derrota ideológica, en cambio, no es definitiva mientras existan trabajadores, pobladores, estudiantes, pequeños productores, profesionales y comunidades dispuestos a organizarse por una sociedad soberana, democrática y justa.

La tarea del presente consiste en recuperar la memoria, reconstruir la unidad popular y transformar la indignación dispersa en fuerza colectiva. Solo así la historia dejará de ser únicamente un recuerdo de la derrota y volverá a convertirse en una fuente de organización y esperanza.


*Artículo elaborado a partir del “Informe político septiembre 2026” del Partido del Trabajo de Chile:* https://partidodeltrabajo.cl/informe-politico-septiembre-2026-partido-del-trabajo-de-chile/


jueves, 6 de agosto de 2026

El espejo Roto de la Democracia

Nicaragua y el espejo roto de la democracia electoral en América Latina: ¿Quién tiene la legitimidad para condenar?



Por: Análisis de prensa regional Extrema Pobreza 

6 de agosto de 2026



La declaración que rompió el espejo


El 19 de julio de 2026, durante la conmemoración del 47 aniversario de la Revolución Sandinista, el presidente nicaragüense Daniel Ortega declaró las intenciones Sandinistas. Con 80 años y más de dos décadas en el poder, declaró sin ambigüedades que en Nicaragua "no volverá a haber elecciones liberales" para evitar que la oposición intente "atrapar el poder". 


La reacción no se hizo esperar. Diez países americanos —Antigua y Barbuda, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Jamaica, República Dominicana y Uruguay— condenaron la intención a través de una declaración conjunta de la OEA, calificándola como contraria a los derechos humanos y a los principios de la democracia representativa.  El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, acusó a Ortega de haber mostrado su "verdadera naturaleza autoritaria". 


Sin embargo, el presidente de la Asamblea Nacional sandinista, Gustavo Eduardo Porras Cortés, matizó que sí habrá elecciones, pero con reformas para impedir que "golpistas" y "vendepatrias" participen en ellas. 


El proyecto real: de la “autocracia electoral” a la “dictadura del proletariado” abierta


La declaración de Ortega no surgió de un improviso. Es la culminación de un proceso, según occidente, de autocratización documentado por organizaciones como Transparencia Electoral y el Grupo de Expertos de la ONU. En palabras del politólogo José Antonio Peraza, exiliado por traición a la patria y autor del libro Así se vota en Nicaragua, el “régimen Sandinistas” ha transitado de una "autocracia electoral" a una "dictadura abierta que gobierna exclusivamente por la fuerza", a pesar que Nicaragua mantiene la correspondiente separación de poderes ejecutivo, legislativos y judicial, que determinan el apego al concepto de régimen Democrático, como en los demás países occidentales. 


Las reformas ya en marcha


El proyecto sandinista incluye varias reformas constitucionales aprobadas a fines de 2024 y ratificadas en enero de 2025:


- Co-presidencia: Rosario Murillo, esposa de Ortega, fue elevada de vicepresidenta a "copresidenta", consolidando el control del Estado. 

- Extensión del mandato presidencial: Se amplió el período presidencial y se pospusieron las elecciones de 2026 a 2027. 

- Control militar: El general Julio César Avilés, fiel a Ortega, inició en 2025 su cuarto mandato consecutivo de seis años, y se anunció una reforma para extender el mandato del director de la policía a siete años. 

- Reclamos de nepotismo: El hijo de la pareja, Laureano Ortega Murillo, está perfilado como candidato político a la presidencia… Hecho que se ha repetido por años en varios países latinoamericanos desde su independencia. 


El método, acusado por occidente: represión y desmantelamiento institucional


Desde 2018, el gobierno ha deslegitimado legalmente más de 5.500 organizaciones opositoras de la sociedad civil —casi el 80% de las existentes—, incluyendo universidades extranjeras, medios de comunicación empresariales, sindicatos cuestionados y entidades religiosas reaccionarias.  En julio de 2026, unos 2.000 abogados fueron despojados de sus licencias, en juicios sumarios, para ejercer la profesión, dejando a miles de nicaragüenses sin acceso a defensa jurídica privada, obligándolos a la utilización de la judicatura legal institucional. 


El Grupo de Expertos de la ONU concluyó que estos excesos, denominados como “abusos del régimen”, constituyen “crímenes contra la humanidad cometidos como política estatal deliberada”. 


El espejo roto: cuestionamientos electorales en la región


La condena internacional a Nicaragua suena a hueco cuando se examina el historial electoral de varios de los países condenatorios y de la región en general. La pregunta incómoda que emerge es: ¿quién tiene la legitimidad moral para condenar al régimen nicaragüense como represivo, dictatorial, de nepotismo o de fraude, cuando los excesos, el fraude —o al menos sus sospechas— es endémico en el hemisferio?


Perú: el fraude que nunca se investigó


En las elecciones presidenciales de junio de 2026, el candidato del campo popular, Roberto Sánchez, denunció un fraude operado principalmente a través de los votos en el extranjero. Según denuncias, la Oficina Nacional de Procesos Electorales cambió las reglas a dos semanas de la segunda vuelta, ordenando que las actas del exterior se digitalizaran en Perú y no en los centros de votación. 


El conteo rápido de Ipsos —que no había fallado desde el retorno de la democracia salvo en el fraude de Alberto Fujimori en 2000— daba una ventaja de 0,2% a Sánchez. Sin embargo, tras el procesamiento de los votos en el exterior —donde el 76% (unos 55.000 votos) favoreció a la ultraderechista Keiko Fujimori—, esta remontó la diferencia.  El canciller peruano, Carlos Pareja, vinculado al fujimorismo, asumió el cargo tras la primera vuelta. 


Bolivia: la OEA y el fraude que nunca existió


Las elecciones bolivianas de 2019 representan uno de los episodios más oscuros de la historia electoral latinoamericana. La OEA, liderada por Luis Almagro, denunció un "fraude" que, según investigaciones del CEPR y del MIT, nunca existió. Investigadores del Laboratorio de Ciencia y Datos Electorales del MIT concluyeron que "no podemos encontrar resultados que conduzcan a la misma conclusión que la OEA". 


La narrativa de fraude promovida por la OEA contribuyó a la renuncia forzada de Evo Morales, a su exilio y a la instalación de un gobierno de facto que desplegó represión violenta.  El informe final de la OEA no proporcionó evidencia de que las irregularidades alteraran el resultado de la elección. 


Ecuador: fraude estructural bajo estado de excepción


En abril de 2025, Daniel Noboa fue reelegido en un proceso que múltiples organizaciones denunciaron como "fraude estructural". La Asociación Americana de Juristas concluyó que los comicios deben considerarse como un proceso "estructuralmente fraudulento" debido al uso indebido del poder ejecutivo, violaciones constitucionales y la concentración del poder. 


Entre las irregularidades documentadas: Noboa nunca pidió licencia para ser candidato pese a la prohibición constitucional; la vicepresidenta Verónica Abad fue suspendida; se decretó estado de excepción en nueve provincias días antes de la segunda vuelta; se impidió fotografiar las papeletas; y se documentaron actas sin firmas que favorecían exclusivamente a Noboa. 


A pesar de esto, la Unión Europea y la OEA no identificaron "irregularidades sistemáticas", lo que generó un contraste llamativo entre las narrativas internacionales y las denuncias del campo popular. 


El Salvador: el "descarado fraude" de Bukele


En febrero de 2024, Nayib Bukele se reeligió en un proceso plagado de irregularidades. La plataforma de resultados preliminares se bloqueó con solo el 70% de votos presidenciales y el 5% legislativos contabilizados.  La oposición documentó 69 "anomalías", incluyendo duplicación y triplicación de votos a favor de Nuevas Ideas, papeletas abandonadas y sellos rotos. 


Cinco magistrados suplentes del Tribunal Supremo Electoral se desvincularon públicamente del proceso, afirmando que se llevaron a cabo acciones lejanas a la "forma legal" de dirigir elecciones.  A pesar de todo, Bukele obtuvo el 82,66% de los votos y su partido logró la mayoría calificada en el Congreso.


Colombia: el fantasma del software israelí


La elección presidencial colombiana de 2026 ha generado una de las crisis de transición más graves de las últimas décadas. El presidente saliente Gustavo Petro denunció un "fraude algorítmico" operado desde el extranjero por la firma de inteligencia israelí Black Cube, que —según Petro— "suministró algoritmos viciados" a los hermanos Bautista, accionistas mayoritarios de Thomas Greg & Sons, empresa encargada del software de escrutinio. 


Black Cube, conocida como el "Mossad privado" y fundada por exoficiales de inteligencia israelíes, ha estado involucrada en operaciones de injerencia política en Eslovenia, Hungría, Estados Unidos y Chipre.  Petro afirmó que la manipulación se realizó desde un servidor en Los Ángeles, sustituyendo registros de ciudadanos que no votaron por sufragios irregulares. 


Sin embargo, un informe técnico de inteligencia del propio gobierno de Petro concluyó que el hacker citado como testigo estrella "no entregó nada" en cuanto a evidencia.  El Centro Carter, la OEA e incluso el candidato de Petro, Iván Cepeda, no encontraron irregularidades sistémicas. 


El factor tecnológico: ¿quién controla el voto?


El caso colombiano pone sobre la mesa una preocupación creciente en la región: la vulnerabilidad de los sistemas electorales frente a la interferencia tecnológica extranjera. La firma Black Cube no es la única empresa israelí que ha operado en la región. La proliferación de software de escrutinio contratado a empresas privadas —con frecuencia opacas y con vínculos con gobiernos extranjeros— ha convertido los procesos electorales en terreno fértil para la desconfianza.


En Colombia, Thomas Greg & Sons ha sido el proveedor histórico del software electoral. En Ecuador, el CNE utilizó sistemas que fueron cuestionados por la oposición. En El Salvador, los fallos tecnológicos masivos durante el escrutinio de 2024 alimentaron las sospechas. 


La pregunta no es solo si existió fraude, sino si los sistemas electorales latinoamericanos están diseñados para ser transparentes y verificables. Cuando el software de escrutinio es propiedad privada, cuando los códigos fuente no son auditables públicamente, y cuando las empresas proveedoras tienen vínculos con actores geopolíticos externos, la confianza democrática se erosiona —independientemente de quién gane.


La hipocresía democrática: condenar al espejo


El caso de Nicaragua es extremo: Ortega ya no finge. Pero la región enfrenta una crisis de legitimidad más profunda. ¿Cómo condenar a Managua cuando en Quito un presidente se reelige bajo estado de excepción militar? ¿Cómo exigir elecciones libres en Nicaragua cuando en San Salvador el Tribunal Electoral se desmorona ante la mirada de la OEA? ¿Cómo criticar la falta de pluralismo en Managua cuando en Lima los votos del exterior deciden elecciones bajo sospecha?


La respuesta de la comunidad internacional ha sido selectiva. Mientras Ortega es condenado por diez países, Noboa es reconocido por la Unión Europea; mientras el fraude en Nicaragua es evidente, el fraude en Bolivia de 2019 fue inventado por la OEA misma. Esta selectividad alimenta la narrativa —tanto de la izquierda como de la derecha— de que la democracia es un arma geopolítica, no un principio universal.


Conclusión: más allá de la condena


El proyecto sandinista es claro: consolidar una autocracia que ya no necesita ni la apariencia de legitimidad electoral, ni del falso pluralismo Democratico. Ortega ha dicho abiertamente lo que otros gobernantes de la región hacen con más sutileza: usar el aparato estatal para perpetuarse en el poder.


Pero la lección de Nicaragua no puede leerse en aislamiento. La región entera padece de una crisis de institucionalidad electoral donde la tecnología opaca, la represión selectiva, la judicialización de la política y la interferencia extranjera han convertido las elecciones en batallas de legitimidad, no en expresiones de soberanía popular.


Hasta que América Latina no desarrolle sistemas electorales verdaderamente transparentes, auditables y protegidos de injerencias externas —sean de software israelí, de financiamiento estadounidense o de manipulación institucional—, la condena a Nicaragua seguirá siendo, ante los ojos de millones de ciudadanos, una condena al espejo.


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Fuentes consultadas: CNN Español, CIVICUS, Transparencia Electoral, Telemundo 51, CEPR/MIT, Avispa.org, Bloque Latinoamericano Berlín, Jacobin Latinoamérica, France24, WOLA, Model Diplomat/El País, Orinoco Tribune, NBC News, ColombiaCheck, entre otros.


miércoles, 24 de junio de 2026

Allende vive en las luchas

 Salvador Allende vive en las luchas de los pueblos

A 118 años de su nacimiento


Este 26 de junio conmemoramos los 118 años del nacimiento del compañero Presidente Salvador Allende Gossens, líder histórico de la izquierda chilena, revolucionario consecuente, socialista, internacionalista, antiimperialista y uno de los más grandes referentes políticos de Chile, de Nuestra América y de los pueblos que luchan por su liberación en todo el mundo.

Recordar a Salvador Allende no es un ejercicio de nostalgia. Es un acto de compromiso político con las luchas del presente y con los desafíos del futuro. Allende vive en la memoria activa de los pueblos, en las luchas de las y los trabajadores, de los campesinos, de los pobladores, de los estudiantes, de las mujeres, de los pueblos originarios, de las organizaciones populares y de todas aquellas fuerzas que siguen levantando las banderas de la justicia social, la soberanía nacional, la democracia popular y la emancipación humana.

Desde el Movimiento del Socialismo Allendista de Chile reivindicamos el legado integral de Salvador Allende. Reivindicamos al médico social que puso su vida al servicio de los más humildes; al dirigente socialista que entendió que la democracia debía estar al servicio de las grandes mayorías nacionales; al Presidente que nacionalizó el cobre, recuperó las riquezas estratégicas para el pueblo chileno y abrió un camino de profundas transformaciones hacia una sociedad socialista, democrática y profundamente humana.

El Revolucionario en Democracia burguesa

Allende fue un revolucionario democrático que comprendió que la lucha por el socialismo debía construirse junto al pueblo organizado, fortaleciendo el protagonismo popular, ampliando los derechos sociales y democratizando el poder político y económico. Su gobierno representó la experiencia más avanzada de transformación democrática, popular y socialista de la historia de Chile, enfrentando los privilegios de las oligarquías nacionales y la intervención permanente del imperialismo estadounidense.

Su legado político, ético y revolucionario sigue siendo una referencia indispensable para quienes luchan por un Chile soberano, justo y democrático. En tiempos de crisis del neoliberalismo, de avance de proyectos autoritarios y neofascistas, de concentración de la riqueza, de guerras, bloqueos y nuevas formas de colonialismo y dependencia, el pensamiento de Allende vuelve a interpelarnos con extraordinaria fuerza.

La Revolución chilena ligada al internacionalismo 

La solidaridad internacionalista fue una dimensión inseparable de su acción política. Su compromiso con la Revolución Cubana constituyó una de las expresiones más consecuentes de su antiimperialismo y de su convicción de que los pueblos tienen el derecho soberano a construir su propio destino. Allende defendió a Cuba frente al bloqueo, las agresiones y las campañas de aislamiento impulsadas por los Estados Unidos. Hoy, cuando el heroico pueblo cubano continúa siendo víctima de un brutal bloqueo económico y de nuevas formas de agresión impulsadas por la administración imperialista de Donald Trump, el legado de Allende nos convoca a redoblar nuestra solidaridad activa e incondicional con la Revolución Cubana y con el derecho de Cuba a vivir con dignidad, soberanía e independencia.

Su profundo compromiso bolivariano también lo llevó a concebir la unidad latinoamericana e indoamericana como una tarea estratégica para la liberación de nuestros pueblos. Salvador Allende fue un constructor de la Patria Grande soñada por Simón Bolívar, José Martí, Augusto César Sandino y los grandes libertadores de Nuestra América. Comprendió que la soberanía de cada nación latinoamericana solo podría consolidarse plenamente en el marco de la integración regional, la cooperación solidaria y la defensa común frente a las diversas formas de dominación imperial. Ese legado adquiere hoy una renovada vigencia ante el avance del fascismo y la extrema derecha y las agresiones que enfrentan los procesos soberanos de nuestra región.

Desde esa perspectiva, reafirmamos nuestra solidaridad con la República Bolivariana de Venezuela y con su Presidente Nicolás Maduro frente a las sanciones, amenazas e intentos de desestabilización impulsados por los Estados Unidos, que constituyen una grave vulneración del derecho internacional y un nuevo intento de someter la voluntad soberana de los pueblos latinoamericanos. La defensa de Venezuela, de su soberanía y del derecho de los pueblos a decidir libremente su destino forma parte de la misma tradición antiimperialista y latinoamericanista que Salvador Allende defendió durante toda su vida.

La liberación nacional y Antimperialista 

Allende fue igualmente un firme partidario de las luchas de liberación nacional que marcaron el siglo XX. Expresó su solidaridad con el heroico pueblo vietnamita frente a la agresión imperialista estadounidense y respaldó la lucha del pueblo argelino y de la República Argelina Democrática y Popular por conquistar y defender su independencia nacional frente al colonialismo francés. Comprendió que las luchas de los pueblos de Asia, África y América Latina formaban parte de una misma batalla universal contra el colonialismo, el racismo, la explotación y la dominación imperial.

Asimismo, Salvador Allende mantuvo un compromiso permanente con el derecho del pueblo puertorriqueño a la autodeterminación y la independencia nacional, denunciando la condición colonial impuesta a Puerto Rico y defendiendo su derecho inalienable a decidir libremente su futuro.

Su ejemplo nos recuerda que no hay transformación verdadera sin organización popular; que no hay soberanía sin control democrático de los recursos naturales estratégicos; que no hay justicia social sin una profunda redistribución de la riqueza; y que no hay democracia plena mientras persistan la desigualdad, la exclusión y la dominación de los grandes poderes económicos sobre la vida de los pueblos.

A 118 años de su nacimiento, el legado internacionalista, antiimperialista, anticolonial, democrático y socialista de Salvador Allende sigue iluminando las luchas del presente. Su ejemplo continúa inspirando a los pueblos que enfrentan las nuevas formas de dominación imperial, que defienden su soberanía nacional y que luchan por la justicia social, la autodeterminación, la democracia popular y la construcción de un mundo más justo, solidario y multipolar.

Nos convoca a mantener nuestro compromiso con las causas de descolonización y autodeterminación que aún permanecen abiertas en pleno siglo XXI. Nos convoca a seguir acompañando la heroica lucha del pueblo saharaui por su independencia y por el ejercicio efectivo de su derecho a la autodeterminación frente a la ocupación colonial marroquí. Nos convoca a seguir expresando nuestra solidaridad con la resistencia del pueblo palestino frente a la ocupación, el apartheid y el genocidio. Nos convoca igualmente a continuar apoyando la histórica lucha del pueblo puertorriqueño por alcanzar su plena independencia y soberanía nacional.

La alternativa socialista sigue vigente 

Desde el Movimiento del Socialismo Allendista reafirmamos nuestro compromiso con la construcción de una alternativa socialista, democrática, popular, ecologista, latinoamericanista, indoamericanista e internacionalista para Chile y Nuestra América. Reafirmamos nuestra convicción de que las grandes alamedas por las que caminarán los hombres y mujeres libres siguen siendo una tarea histórica pendiente y una esperanza vigente para millones de personas en el mundo.

A 118 años de su nacimiento, Salvador Allende continúa siendo una referencia viva para quienes luchan por la segunda y definitiva independencia de Nuestra América, por la autodeterminación de los pueblos y por la construcción de una sociedad socialista, democrática y profundamente humana.

La mejor manera de homenajear a Salvador Allende es continuar levantando las banderas de la solidaridad internacionalista, del antiimperialismo, del socialismo, de la liberación nacional, de la integración latinoamericana y de la unidad de los pueblos del mundo.

Porque Allende no pertenece al pasado.

Allende pertenece al futuro.


¡Honor y gloria al compañero Presidente Salvador Allende!

¡Viva la unidad de los pueblos de Nuestra América!

¡Viva el socialismo!


Esteban Silva Cuadra

Movimiento del Socialismo Allendista de Chile

26 de junio de 2026

sábado, 13 de junio de 2026

El imperio contra la humanidad

 Reportaje: La Forja del Imperio – El Ascenso Despiadado de los Titanes Industriales que Redibujaron el Mundo



El documental “Gigantes de la industria” (The Men Who Built America) de History Channel no es un mero relato del éxito empresarial estadounidense. Es la cruda radiografía de cómo un puñado de ambiciosos tejió, en medio de la sangre y el acero, la estructura sobre la que se erigiría el orden económico global del siglo XX. Esta serie desnuda un proceso en el que la construcción de una nación sirvió de campo de pruebas para una ideología implacable: la acumulación de riqueza sin límites, engrasada por el motor de las guerras y la compra del poder político.


📜 El Lienzo de los Titanes


La serie retrata la transformación de Estados Unidos tras la Guerra de Secesión, mostrando a una nación devastada que sirvió como escenario para que visionarios sin escrúpulos construyeran desde cero las bases de la industria moderna: el combustible, el ferrocarril, el acero, la electricidad y las finanzas. Figuras como Cornelius Vanderbilt, John D. Rockefeller, Andrew Carnegie, J.P. Morgan y Henry Ford aparecen en el relato como los arquitectos del sueño americano, pero la narrativa expone sin ambages el altísimo coste de esa hazaña.


⛓️ La Lógica del Barón Ladrón: Monopolio y Violencia


La estrategia predilecta de estos magnates fue la eliminación sistemática de la competencia, convirtiendo el mercado en un campo de batalla donde solo el más fuerte sobrevivía. La serie muestra a Rockefeller consolidando su Standard Oil hasta controlar el 90% de la refinación de petróleo en EE.UU., mientras que Carnegie dominaba la industria siderúrgica del país. Pero el documental profundiza en las tácticas reales: la asociación con mafiosos para asesinar líderes sindicales, la represión violenta de huelgas y el pago de salarios de miseria a una masa de inmigrantes sin derechos. El término barones ladrones es un recordatorio feroz de que esta riqueza se amasó no solo con genio empresarial, sino con crueldad y sangre.


🏛️ La Política a Subasta: La Casa Blanca en Venta


El episodio más revelador de “Gigantes de la industria” muestra cómo estos empresarios dejaron de competir entre sí para unir fuerzas en un objetivo común: controlar la Casa Blanca. A través de una minuciosa recreación, el documental relata cómo Rockefeller, Carnegie y Morgan financiaron masivamente la campaña presidencial de William McKinley en 1896, aportando el equivalente actual a 30 millones de dólares. El objetivo era claro: poner en el poder a un hombre que desmantelara las regulaciones, otorgándoles carta blanca para expandir sus monopolios sin freno.


💣 La Maquinaria de Guerra: El Negocio Más Lucrativo


La serie deja claro que el poderío industrial estadounidense no se habría forjado sin una alianza simbiótica con la violencia bélica. La crónica muestra cómo las fortunas de estos magnates crecieron desmesuradamente alimentándose de los conflictos armados: el acero de Carnegie que se convertía en cañones, el petróleo de Rockefeller que movía flotas de guerra, y el capital de Morgan que financiaba ambos polos de la industria militar. Este vínculo se documenta con claridad: entre 1914 y 1918, la empresa DuPont multiplicó el valor de sus acciones en un 1,600%, evolucionando de ser una compañía endeudada a acumular un excedente de 68 millones de dólares al final de la contienda. Las guerras dejaron de ser meras disputas geopolíticas para convertirse en la principal fuente de acumulación de capital.


🗣️ El Contrapunto: La Otra Cara de la Moneda


Afortunadamente, el relato dominante no es monolítico. Académicos como los de la Universidad de Texas han analizado cómo series como The Men Who Built America perpetúan, a menudo, una ideología que borra deliberadamente del relato al trabajador y al proceso de explotación laboral, vendiendo la acumulación de capital como un acto de genio individual.


⚖️ Desenlace y Preguntas


El documental concluye su arco narrativo con el momento en que el poder de estos titanes empieza a enfrentar resistencia. La trágica ironía de su plan se desata cuando el asesinato de McKinley eleva a la presidencia a Theodore Roosevelt, quien inicia la disolución de los monopolios. Pero la obra de estos hombres ya estaba hecha: habían construido un sistema diseñado para proteger su riqueza y expandir su poder sin importar las consecuencias humanas.


🌍 Epílogo: El Eco en el Tiempo


“Gigantes de la industria” no es una pieza de museo. El modelo de negocio que exhibe —la concentración monopólica, la influencia directa en la política y la apuesta por la guerra como motor de ganancias— es un espectro que sigue recorriendo el mundo contemporáneo. Al contemplar la arquitectura del poder económico actual, este reportaje sugiere que, en esencia, las reglas del juego apenas han cambiado. La única diferencia es que los nuevos titanes no construyen imperios de acero, sino de datos, pero la ideología que los mueve es el mismo eco sordo del siglo XX: acumular sin límites, a cualquier precio.