A 53 años: la derrota militar no terminó la revolución chilena
El aniversario del golpe de Estado de 1973 vuelve a poner en el centro una pregunta decisiva: ¿fue derrotada la revolución chilena solamente en el terreno militar o también en el campo de las ideas, la organización y la conciencia popular?
El 11 de septiembre de 2026 se cumplen 53 años de la derrota militar de la experiencia revolucionaria chilena iniciada durante el gobierno de la Unidad Popular. Aquel día, las Fuerzas Armadas bombardearon La Moneda, destruyeron la República y el orden democrático para abrir paso a una dictadura que no solo persiguió, encarceló, torturó y asesinó a miles de compatriotas. También emprendió una profunda transformación económica, social y cultural destinada a impedir que las mayorías populares volvieran a disputar el poder.
La derrota militar fue inmediata. La derrota ideológica, en cambio, se construyó durante décadas.
Una revolución interrumpida
La Unidad Popular no fue simplemente un gobierno reformista. Fue el intento de abrir, por la vía institucional, un camino de transformación social basado en la nacionalización de recursos estratégicos, la expansión de los derechos sociales, la organización popular y la participación de trabajadores, pobladores y campesinos en las decisiones nacionales.
El proyecto enfrentó desde el comienzo la resistencia de la oligarquía chilena, del gran capital y de los intereses imperialistas. El desabastecimiento, el bloqueo financiero, la conspiración interna y la intervención extranjera formaron parte de una estrategia destinada a impedir que la experiencia chilena se consolidara.
El golpe de 1973 no fue, por tanto, un accidente aislado ni una simple reacción frente a la polarización política. Fue una operación de clase para recuperar el control del Estado y reorganizar la sociedad en beneficio de los grupos económicos dominantes.
La dictadura comprendió que no bastaba con eliminar dirigentes y organizaciones. Era necesario cambiar las bases materiales de la vida nacional.
La derrota ideológica
La privatización de empresas públicas, la mercantilización de la salud y la educación, la destrucción de la organización sindical y la subordinación de la economía al capital financiero modificaron profundamente la estructura del país.
Pero junto con esas transformaciones económicas se impuso una nueva idea de sociedad: el individuo aislado reemplazó al sujeto colectivo; la competencia desplazó a la solidaridad; el consumo pasó a ocupar el lugar de los derechos; y la política fue presentada como una actividad exclusiva de expertos, empresarios y profesionales.
La derrota ideológica consistió en convencer a amplios sectores de que no existía alternativa al orden impuesto. Que la soberanía económica era imposible. Que el Estado debía retirarse. Que los trabajadores solo podían aspirar a negociar las condiciones de su subordinación. Que la organización popular pertenecía al pasado.
La transición posterior a la dictadura no modificó completamente esa estructura. Aunque se recuperaron libertades políticas, buena parte del modelo económico y de las relaciones de poder permaneció intacta. La democracia administró durante años una sociedad marcada por la concentración de la riqueza, la dependencia económica y la precarización de la vida popular.
El momento político actual
El informe político de septiembre del Partido del Trabajo de Chile caracteriza al actual Gobierno de José Antonio Kast como un proyecto de profundización oligárquica y dependiente. Según esa lectura, su orientación busca reducir la carga tributaria del gran capital, ampliar la participación privada en áreas estratégicas y subordinar la política exterior chilena a los intereses de Estados Unidos y sus aliados.
Más allá de las valoraciones partidarias, el escenario plantea debates concretos que afectan directamente a trabajadores, pensionados, pobladores y sectores medios empobrecidos: el bajo crecimiento, el costo de la vida, el empleo, la política tributaria, el futuro de Codelco y el transporte público.
La discusión sobre una eventual privatización, total o parcial, de Codelco revela que la propiedad estatal de los recursos estratégicos continúa siendo un campo de disputa. El cobre no es únicamente una empresa rentable. Es una herramienta fundamental para financiar políticas sociales, desarrollar capacidades tecnológicas e industrializar el país.
Lo mismo ocurre con el transporte público. Una red de buses eléctricos y de alto estándar no debe ser evaluada solamente por criterios comerciales. Para millones de personas, un transporte subsidiado significa menor gasto familiar, acceso al trabajo, conexión con los servicios públicos y mejor calidad de vida. Es, en los hechos, una forma de salario indirecto y un derecho social.
En este contexto, la retórica nacionalista de la derecha entra en contradicción con un programa económico dependiente y con una política exterior que, según el informe, privilegia alianzas ideológicas internacionales por sobre una estrategia soberana para Chile.
La memoria como tarea política
Recordar el 11 de septiembre no consiste únicamente en repetir una fecha ni en rendir homenaje a quienes fueron asesinados, detenidos, exiliados o desaparecidos. La memoria también debe ayudar a comprender las causas de la derrota y las condiciones que permitieron que un proyecto de transformación fuera destruido.
La revolución chilena fue derrotada militarmente porque sus adversarios controlaban fuerzas decisivas del Estado y contaban con apoyo económico, político y estratégico internacional. Pero también sufrió debilidades propias: dificultades para construir una dirección común, fragmentación política, insuficiente organización territorial y una relación incompleta entre las instituciones y la fuerza popular organizada.
Aprender de esa experiencia exige superar tanto la nostalgia como la resignación. No se trata de copiar mecánicamente el pasado, sino de recuperar sus preguntas fundamentales:
- ¿Quién controla los recursos estratégicos?
- ¿Quién decide el destino de la economía?
- ¿Puede existir democracia real sin derechos sociales?
- ¿Qué grado de soberanía tiene un país dependiente?
- ¿Cómo se organiza políticamente la mayoría trabajadora?
- ¿Qué relación debe existir entre la lucha institucional y la movilización popular?
Una nueva disputa por la soberanía
El momento actual vuelve a colocar la soberanía en el centro del debate. No hay independencia política si las decisiones económicas fundamentales dependen del capital financiero. No hay democracia sustantiva si la mayoría vive endeudada, sin seguridad social y sometida a empleos precarios. No hay desarrollo nacional si Chile continúa exportando materias primas e importando tecnología, conocimiento y productos de alto valor agregado.
La construcción de una alternativa soberana requiere unir demandas concretas y objetivos estratégicos: defensa del salario, protección del empleo, fortalecimiento de la negociación colectiva, propiedad estatal de los recursos fundamentales, transporte público de calidad, salud y educación como derechos, industrialización y una política exterior latinoamericana y multipolar.
También exige reconstruir la confianza en la organización colectiva. El malestar social, por sí solo, no cambia la correlación de fuerzas. Debe convertirse en conciencia, organización y capacidad política.
La revolución pendiente
A 53 años del golpe, la revolución chilena permanece como una experiencia derrotada, pero no cancelada. Sus instituciones fueron destruidas, sus dirigentes perseguidos y su proyecto histórico interrumpido. Sin embargo, las preguntas que la originaron siguen abiertas.
La desigualdad no desapareció. La dependencia tampoco. El control extranjero sobre áreas estratégicas, la concentración de la riqueza y la subordinación de la política a los grandes intereses económicos continúan siendo problemas centrales.
Por eso, la conmemoración del 11 de septiembre no debe limitarse a mirar hacia atrás. Debe convertirse en una reflexión sobre el presente y en una decisión hacia el futuro.
La derrota militar de 1973 fue real. La derrota ideológica, en cambio, no es definitiva mientras existan trabajadores, pobladores, estudiantes, pequeños productores, profesionales y comunidades dispuestos a organizarse por una sociedad soberana, democrática y justa.
La tarea del presente consiste en recuperar la memoria, reconstruir la unidad popular y transformar la indignación dispersa en fuerza colectiva. Solo así la historia dejará de ser únicamente un recuerdo de la derrota y volverá a convertirse en una fuente de organización y esperanza.
*Artículo elaborado a partir del “Informe político septiembre 2026” del Partido del Trabajo de Chile:* https://partidodeltrabajo.cl/informe-politico-septiembre-2026-partido-del-trabajo-de-chile/

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