viernes, 9 de octubre de 2026

Escribir la Historia

 Nos han derrotado?



"Ahora, si... la historia tendrá que contar con los pobres de américa..." 


Hubo un hombre sabio, que hizo esta declaración seis años después de mi nacimiento, sin saber o sospechar que la frase marcaria mi vida y la de casi toda mi generación.

Esa frase, fue parte del discurso "Segunda Declaración de La Habana", un documento histórico leído por el abogado Fidel Castro Ruz en la Plaza de la Revolución José Martí, en La Habana Cuba, el año 1962. Junto con dejar la marca en los jovenes de los años sesenta, fue posicionada como un legado en la cultura americana puesto que esta frase, se popularizó aún más a través de la música... El grupo chileno Quilapayún la incluyó en su canción "Segunda Declaración de La Habana" (1971), compuesta por Isidora Aguirre y Luis Advis, convirtiéndose en un himno de la canción protesta latinoamericana.

La frase completa en su contexto original es:

"Ahora, sí, la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia."

La tarde del 11 de septiembre de 1973 llegué a nuestra casa familiar cargado con mis libros y las resmas de papel roneo, recuperadas desde la oficina de administracion del Liceo, para usarlas en las proclamas y declaraciones contra el "Golpe de Estado" que iniciaban las fuerzas militares traidoras, que se habían vuelto contra el gobierno del pueblo, asesinando al presidente Constitucional doctor Salvador Allende; y recordando esa frase completa, me puse a escribir en el cuaderno de historia, para "dejar registrada la verdad de lo que está ocurriendo ahora"... frase dicha a mi madre que, entre un nerviosismo histerico, me consultó sobre lo que hice esa mañana...

- Muchos se ván a arrepentir de los horrores que vendrán, con estos cobardes que se han tomado el poder. - vaticiné mientras redactaba las primeras páginas de lo que posteriormente sería la novela "El Soldado De La Jaula de Plata".

Tengo que ser yo, otro de muchos que debemos documentar los hechos que ocurren y ocurrirán, puesto que la historia desde ahora en adelante, será cubierta por la infamia, la mentira y el engaño, de los traidores que están usurpando la democracia para implantar otra visión ideologica de la verdad, una nueva visión que justifique el crimen y la barbarie fascista.


Primero quiero partir con una crítica a la tergiversación histórica de la oligarquía chilena sobre el golpe de Estado de 1973


Post verdad, una herramienta de dominación ideológica


Tesis central

La tergiversación que hace la oligarquía chilena del golpe militar de 1973 consiste, en esencia, en presentar una rebelión militar respaldada por Estados Unidos, que derrocó por la fuerza el orden constitucional, como una "victoria en una guerra civil para salvar al país". Esta tergiversación cumple un doble propósito: en el plano nacional, busca deslegitimar la tradición colectivista de izquierda; en la lucha ideológica internacional, naturaliza el orden neoliberal y lo convierte en la "única forma posible" de organización social. Sin embargo, los archivos desclasificados y los avances de la investigación en ciencias sociales hacen cada vez más difícil sostener este relato.


I. La naturaleza jurídica del golpe: ruptura constitucional, no "guerra civil"


Lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973 no fue una guerra en ningún sentido, sino una ruptura constitucional inequívoca. Un estudio académico publicado por Cambridge University Press señala expresamente que las Fuerzas Armadas y los Carabineros de Chile "derrocaron al gobierno de Salvador Allende, elegido democráticamente, tomaron el poder y ejercieron una violenta represión contra la izquierda", y que sus acciones "quebraron sin ambigüedades las normas constitucionales vigentes". Tras el golpe civico militar, la junta de Pinochet y la derecha, se autoproclamó "máximo órgano de dirección de la nación" y creó una junta de gobierno de cuatro miembros, integrada por los comandantes del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, así como por el director general de Carabineros. Esta estructura de poder "no tenía precedentes" en la tradición constitucional chilena.

La falsedad del relato de la "guerra civil" reside en que en aquel momento no hubo enfrentamientos entre dos fuerzas armadas organizadas. El día del golpe se bombardeó desde el aire el palacio presidencial, mientras que el propio presidente Allende optó por morir en el cargo. Tras el golpe militar, miles de integrantes de partidos de izquierda tuvieron que buscar asilo en embajadas extranjeras, y la resistencia armada fue "prácticamente nula". Llamar «"guerra"» a esa violencia militar unilateral es una operación ideológica realizada mediante el lenguaje.


II. Cómo se construye el relato oligárquico: de la victoria por la fuerza a la hegemonía cultural


Tras el golpe, la oligarquía chilena puso rápidamente en marcha un proyecto sistemático de reconstrucción del relato. Su lógica central consistió en transformar una superioridad de hecho obtenida por la fuerza, en "legitimidad moral y política". La junta militar de Pinochet afirmó que su objetivo era "reconstruir las instituciones quebrantadas" y, al mismo tiempo, emprendió una campaña integral de estigmatización de todos los símbolos de izquierda: Todo lo relacionado con el gobierno derrocado quedó estigmatizado, sembrando el terror en quienes habían apoyado al gobierno depuesto y a la coalición gobernante de izquierda.

Los estudios de sociología cultural muestran que el "pecado original" de las reformas neoliberales de Chile —esto es, el hecho de que se impusieran por la fuerza durante la dictadura— sigue siendo un contexto fundamental para comprender la formación de la subjetividad social chilena. El mecanismo del relato oligárquico opera así: al definir los acontecimientos de 1973 como una «"guerra"», legitima la represión violenta posterior como una «"preservación del orden de posguerra"» y presenta luego el sistema económico establecido bajo ese orden como "natural" e "inevitable". Cada eslabón de esta cadena depende de ocultar la violencia original.


III. La función ideológica del relato de la "meritocracia competitiva"


El nivel más arraigado del relato oligárquico en la sociedad chilena es la llamada ideología meritocrática. Los estudios indican que las élites económicas chilenas tienden a considerar la meritocracia como "el principal valor que legitima la acumulación de recursos", y suelen atribuir su posición a sus "talentos y habilidades personales". Este relato complementa el de la "victoria en la guerra" de 1973: si el golpe se construye como una necesidad histórica basada en la "supervivencia del más apto", el orden social establecido a partir de él también puede presentarse como el resultado justo de una "competencia basada en las capacidades".

Sin embargo, las experiencias de la población están profundamente tensionadas con este relato. La comprensión de la meritocracia entre las clases trabajadoras chilenas "hace mayor hincapié en el esfuerzo"; el concepto sirve tanto para criticar la desigualdad como para justificar la jerarquía social. La coexistencia de esta contradicción revela precisamente el éxito de la dominación ideológica oligárquica: convierte la desigualdad estructural en una cuestión moral de esfuerzo individual y, con ello, diluye la necesidad de la acción política colectiva. Las formas en que la clase trabajadora chilena experimenta el neoliberalismo —ciclos de endeudamiento, servicios públicos precarios, violencia interpersonal e "interiorización del fracaso"— se despolitizan sistemáticamente.


IV. Ruptura y disputa de la memoria intergeneracional


Una estrategia clave del relato oligárquico es controlar la memoria intergeneracional. Para los chilenos nacidos después de la década de 1980, la historia del golpe suele transmitirse mediante marcos despolitizados: se presenta como algo lejano, "cosa del pasado", o se simplifica como una "victoria del orden sobre el caos". Sin embargo, esta estrategia no es infalible.

Los movimientos sociales chilenos de los últimos años, en particular las protestas estudiantiles de 2011-2013 y el estallido social de 2019, muestran nuevas dinámicas en la disputa por la memoria intergeneracional. Las protestas de octubre de 2019, lideradas por estudiantes, ampliaron rápidamente sus demandas —inicialmente centradas en el alza de las tarifas del transporte— hasta convertirlas en una crítica de los "problemas estructurales profundamente arraigados", entre ellos la "desigualdad abrumadora y la corrupción". Los manifestantes consideraban que la Constitución de 1980 era "un obstáculo para alcanzar sus objetivos", lo que indica que una nueva generación está interpretando de otra manera el marco de la "necesidad del golpe" construido por el relato oligárquico.

La convocatoria de la Convención Constitucional y la entrada de candidatos de izquierda al centro de la política en 2021 indican que la "era de Pinochet" podría estar llegando a su fin. Pero eso no significa que haya desaparecido el relato oligárquico: simplemente se ha visto obligado a trasladarse a un nuevo terreno de disputa.


V. Dimensión geopolítica: los factores externos ocultos


Al narrar los acontecimientos de 1973, el relato oligárquico oculta sistemáticamente una dimensión clave: la intervención directa de Estados Unidos. Un reportaje de investigación de la agencia Xinhua señala expresamente que "Estados Unidos hizo todo lo posible y recurrió a cualquier medio para impedir que Allende asumiera el poder y para derrocar su gobierno". En septiembre de 1970, el presidente Nixon dio personalmente instrucciones a la CIA: "No importa el riesgo… Hay 10 millones de dólares disponibles, y más si hace falta… Hagan que la economía de Chile grite de dolor".

Las operaciones de desestabilización de la CIA se dividieron en "Track I" y "Track II". La primera recurrió a medios diplomáticos, políticos y económicos para obstaculizar el gobierno de Allende. Cuando estos medios no produjeron los resultados esperados, entró en escena la más siniestra “Track II”, cuyo objetivo central era "crear en Chile un clima propicio para un golpe". La CIA incluso tuvo contacto directo con el grupo que asesinó al comandante del Ejército René Schneider y, posteriormente, le pagó 35.000 dólares.

Al presentar el golpe de 1973 como un acontecimiento puramente "interno", el relato oligárquico lo descontextualiza. Esta operación borra de la historiografía la complicidad entre la oligarquía chilena y las fuerzas imperialistas extranjeras, lo que permite que el marco de la «"guerra civil"» parezca coherente en la superficie.

Por lo tanto, de acuerdo a la pregunta inicial, actualmente ¿nos han derrotado?... Sí, fue una derrota ideológica profunda, pero no irreversible. La imposición del relato de la dictadura como "reconstrucción nacional" y la posterior naturalización del modelo neoliberal constituyeron una victoria ideológica de largo plazo para la oligarquía. Sin embargo, las condiciones para revertirla ya están en marcha en el Chile contemporáneo.


 1. Fue una derrota ideológica: la imposición del olvido y el miedo


El golpe no solo destruyó físicamente el proyecto de la Unidad Popular, sino que buscó erradicar su base ideológica mediante el terror y la reingeniería social.

- Desarticulación del tejido intelectual: La dictadura entendió que las universidades eran el "foco principal del cambio social" y actuó en consecuencia. Inmediatamente después del golpe, intervino todas las universidades, quemó libros, clausuró facultades de ciencias sociales, historia y filosofía, y despidió a miles de académicos y estudiantes por sospechas ideológicas . Se estima que cinco mil miembros de la comunidad académica huyeron a México y mil a Francia; una parte del "intelectual colectivo" que regreso, llegó con el nuevo paradigma neoliberal y lo asumieron.

- Estigmatización y "siembra del terror": Todo lo relacionado con el gobierno derrocado fue estigmatizado. Esto "sembró semillas de terror" en quienes habían apoyado a Allende, internalizando la derrota no solo como un hecho militar, sino como una condena moral.

- La ilusión de la inevitabilidad: Se construyó un relato donde el quiebre institucional era "inevitable" debido a la supuesta polarización extrema y el caos económico, ocultando la naturaleza de clase del golpe y la intervención extranjera. Esto sirvió para que las nuevas generaciones, posteriores a los ochenta, asimilaran el orden neoliberal como un "mal menor" o una realidad incuestionable.


 2. ¿Podemos revertirla? Las grietas en el relato oligárquico


La reversión no es un acto de voluntad individual, sino un proceso social que ya muestra signos claros de agotamiento del consenso impuesto. La evidencia indica que la "derrota ideológica" está siendo cuestionada desde las bases.

- El agotamiento del "efecto dominó" y la memoria: Las narrativas históricas no son estáticas. Estudios sobre tres generaciones chilenas muestran cómo el relato del miedo y la pasividad está siendo tensionado por nuevas generaciones que no vivieron el golpe pero que sí viven sus consecuencias materiales (deuda, precariedad, desigualdad).

- El fin de una era y la disputa constitucional: El estallido social de 2019 marcó un punto de quiebre. La demanda de una Nueva Constitución es, en esencia, un intento de enterrar la institucionalidad heredada de Pinochet (la Constitución de 1980). Como señaló la constituyente Bárbara Sepúlveda, "sentimos que estamos al final de una era" . El proceso constituyente es el campo de batalla donde se está intentando revertir jurídica y simbólicamente la derrota de 1973.

- La reivindicación de la vía chilena: A 50 años del golpe, el mundo político volvió a mirar a Allende no como el causante del caos, sino como el mártir de un proyecto de "democracia, pluralismo y libertad" . Conmemoraciones con presidentes latinoamericanos y el reconocimiento del rol de la CIA en el golpe  deslegitiman la versión de "guerra civil" o "vacío de poder" sostenida por la oligarquía.


 3. La "soberanía mental" como eje de la disputa ideológica


El movimiento soberanista identifica explícitamente que la primera batalla es contra la subordinación cultural e ideológica que la oligarquía impuso desde 1973. Marco Villarroel, dirigente del Movimiento Soberanista de Chile, lo formula con precisión: "La primera soberanía que debemos conquistar no es la política ni la económica; es la soberanía mental. 

Tenemos que atrevernos a pensar Chile desde Chile".

Esta formulación responde directamente al diagnóstico de la derrota ideológica: el relato de la dictadura como "reconstrucción nacional" logró que las generaciones posteriores a los ochenta internalizaran el neoliberalismo como horizonte incuestionable. El soberanismo busca romper ese cerco mental, reivindicando la capacidad de pensar un proyecto nacional-popular autónomo, sin las categorías impuestas por el pensamiento único.

El documento programático de la Multipolaridad Soberanista señala que la globalización neoliberal se caracteriza por "la instauración de un pensamiento único y una fuerte uniformización cultural", y que su agotamiento abre una fase histórica de transición donde la disputa ideológica vuelve a ser posible.


 4. Ruptura con el progresismo institucional


El movimiento soberanista no se limita a criticar a la derecha; dirige una crítica igualmente dura al progresismo que administró el modelo neoliberal tras la transición. Jorge Gálvez, dirigente de Izquierda Soberanista y del Partido del Trabajo de Chile, afirma que "el gobierno de Boric se ha alineado abiertamente con los intereses del imperialismo estadounidense", y acusa a los partidos que lo respaldan —desde el PS hasta la mayoría del PC— de haber "renunciado a su histórico posicionamiento popular y antiimperialista".

Esta ruptura es crucial para entender el rol del soberanismo en la reversión de la derrota ideológica. El diagnóstico soberanista sostiene que la Concertación primero, y el Frente Amplio después, no revirtieron el legado estructural de la dictadura, sino que "estabilizaron el patrón de acumulación neoliberal". La candidatura de Boric, según esta lectura, fue una respuesta preventiva para evitar un gobierno que representara genuinamente las demandas del estallido de 2019.


 5. Construcción de poder popular y organización territorial


A diferencia de las corrientes que privilegian exclusivamente la disputa electoral, el soberanismo pone énfasis en la "reconstrucción del movimiento popular" como condición para cualquier transformación real. Gálvez identifica como segundo desafío "la construcción de un potente movimiento social inspirado en esta visión soberanista y clasista", capaz de librar luchas tanto reivindicativas como políticas.

Esta orientación conecta con la tradición del poder popular de la Unidad Popular, aunque adaptada al contexto actual. Los estudios sobre los movimientos sociales en regiones como Magallanes y Aysén muestran que existe un "soberanismo inconsciente" o "pragmático" en amplios sectores de la población: el 83% de los chilenos apoya nacionalizar el cobre, el 97% cree que el agua debe ser un derecho garantizado, y el 82% considera que la privatización de servicios básicos fue un daño. La tarea del soberanismo organizado es convertir esas convicciones dispersas en fuerza política organizada.


 6. Dimensión internacionalista y multipolar


El soberanismo chileno no se concibe como un fenómeno aislado. Su proyecto incluye explícitamente una dimensión internacionalista, buscando "avanzar a nivel continental junto a fuerzas revolucionarias hermanas" para crear una correlación de fuerzas favorable en la región. Esta perspectiva se enmarca en el análisis de la transición de un orden unipolar a uno multipolar, donde el agotamiento de la globalización neoliberal abre espacio para proyectos soberanos.

El documento de Multipolaridad Soberanista identifica señales concretas de ese agotamiento: "crisis sistémicas cada vez más recurrentes", "crisis de legitimidad" que alimenta el ascenso de la extrema derecha, y el "inicio del cuestionamiento práctico del monopolio del dólar" como moneda de intercambio internacional. En este contexto, el soberanismo se posiciona como la corriente capaz de articular una alternativa que no sea ni la sumisión al orden existente ni el retorno a esquemas del siglo XX.


 7. Limitaciones y desafíos


El movimiento soberanista enfrenta obstáculos significativos. Su construcción organizativa es reciente —el Bloque Soberanista se constituyó formalmente en agosto de 2026— y su capacidad electoral aún no ha sido puesta a prueba. Además, la fragmentación de la izquierda chilena representa un desafío permanente: mientras el PC y el Frente Amplio mantienen posiciones más institucionales, el soberanismo busca diferenciarse tanto de ellos como de la derecha.

La tensión entre disputar el terreno electoral sin abandonar la organización social y popular  es un equilibrio difícil de mantener. La historia de la izquierda chilena muestra que la institucionalización tiende a moderar los impulsos transformadores —un riesgo que el propio soberanismo reconoce al criticar la trayectoria de los partidos que llegaron al gobierno.


 

Conclusión


La tergiversación histórica que hace la oligarquía chilena del golpe de 1973 es un proyecto ideológico sistemático. Entre sus métodos figuran presentar la ruptura constitucional como una "guerra civil"; legitimar la violencia militar unilateral como una "restauración del orden"; naturalizar como "necesidad histórica" el sistema económico impuesto durante la dictadura; y vincular la ideología meritocrática con el relato del golpe para disolver la imaginación política colectivista.

Sin embargo, las fisuras de este relato se están ampliando. Los archivos desclasificados revelan la profundidad de la intervención estadounidense; los nuevos movimientos sociales, al poner en el centro de sus críticas la Constitución de 1980, cuestionan en la práctica los cimientos institucionales establecidos por el relato del golpe; y el propio proceso constituyente constituye un voto de rechazo a la legitimidad del relato oligárquico. La tergiversación histórica puede sostenerse durante un tiempo, pero no puede ocultar para siempre un hecho sencillo: lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973 fue la destrucción militar de un gobierno elegido democráticamente, no una guerra en ningún sentido.

La derrota ideológica fue real: logró imponer por décadas el individualismo y el miedo a la organización colectiva. Pero la reversión es posible y está en curso. No se trata de un simple cambio de gobierno, sino de una disputa por la memoria y por el modelo de sociedad. Chile vive hoy una tensión entre el peso de esa herencia autoritaria y la emergencia de un sujeto social que busca romper con el egoísmo impuesto, demostrando que el colectivismo y la búsqueda de justicia social no son parte de un pasado derrotado, sino de un futuro en disputa.

En síntesis, el movimiento de izquierda soberanista constituye el intento más explícito de revertir la derrota ideológica de 1973 desde una posición que rechaza tanto la herencia neoliberal como las limitaciones del progresismo institucional. Su apuesta por la "soberanía mental", la reconstrucción del tejido popular y la articulación internacionalista, ofrece un marco para disputar el sentido común que la oligarquía impuso durante medio siglo. Si logrará traducir ese marco en fuerza social y política capaz de transformar la correlación de fuerzas es la pregunta abierta que definirá el próximo ciclo político chileno.

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